nube

nube

jueves, 19 de enero de 2017

Nieve

Como parece que, de momento, no va a volver a nevar en Valencia, aprovecho la oportunísima ocasión para compartir este poema de Mecánica del prodigio (Pre-textos, 2010) dedicado a mi padre, quien hasta hace unas horas albergaba, igual que yo, la ilusión de ver los copos cayendo de nuevo en estas calles. Añado además el curioso detalle que he descubierto gracias a los informativos de ayer: la nevada de la que habla el poema ocurrió en 1983 (por eso yo ni llegaba a la ventana), apenas cuajaron los copos (o al menos eso dicen los periódicos) y no fue un domingo, sino un sábado, pues así consta que fue el 12 de febrero de ese año en todos los calendarios. Otra cosa es el recuerdo.

NIEVE
Sólo nevó una vez.
Era domingo.
Tú llegaste a mi cuarto muy temprano.
Yo corrí hasta el salón.
Mis ojos no alcanzaban la ventana
y tú me levantaste entre tus brazos.

Y mira, me decías, mira el cielo.
¿Ves los copos minúsculos flotando
por el aire, allá al fondo, en los tejados,
cubriendo las aceras y los bancos,
los árboles del parque, las cornisas?
¿Los ves? Es un milagro.
Aquí no nieva nunca.

Y yo miraba atenta, embelesada
lo mismo que miraban tus pupilas,
la ingrávida cadencia de la nieve,
el peso de las nubes.

Después de aquel domingo
he visto muchas veces la tormenta,
el rayo, el aguacero,
he visto otras heladas y otros vientos,
ninguno ha disipado aquel instante,

nunca ha vuelto a nevar sobre esta tierra.

martes, 17 de enero de 2017

Sobre el cultivo de cerezos




Esta noche he soñado que plantaba cerezos. Eran tiernos y leves como hojas de bambú. Yo cuidaba su tierra con esmero y ellos desplegaban su belleza de flores, la potencia futura de su abrazo y su sombra. Después se ha ido borrando con un fundido en blanco.
Esta tarde, mientras trataba de acabar un nuevo poema ha venido el recuerdo de este sueño a sacarme de allí, de la agreste encrucijada de palabras y sílabas en que estaba metida sin remedio ¿Qué extraño vicio es este de sentarse a buscar una palabra -tan sólo una palabra- en medio de las miles que tiene nuestro idioma por ver si así logramos terminar aquel verso? ¿Qué absurda paradoja es este intento de tratar de decir lo máximo en el mínimo, lo indecible en lo dicho, lo inefable en un trozo de papel?
Son tantas las combinaciones, tantas las posibilidades, que a veces cuando trato de escribir es como si tuviera que abandonar mi casa urgentemente y sólo pudiera coger un objeto: un súbito desasosiego me paraliza y tengo que ponerme a hacer otra cosa. 
Ha sido dulce y lógico el sueño de los cerezos, lo que creo que mi inconsciente me quería decir en estos días de andar cerrando páginas y versos: que escribir no ha de ser ese miedo al vacío o esa lucha insistente por hallar la palabra. 
Es más bien como plantar cerezos y esperar a que llegue la primavera.

domingo, 8 de enero de 2017

Andar con las manos en los bolsillos

Holgazaneo e invito a mi alma,
me tumbo y holgazaneo a mi antojo… mientras
observo una brizna de hierba veraniega.

Walt Whitman – Canto a mí mismo

Camino despacio por las calles recién estrenadas de enero. El sol apenas calienta, pero deslumbra. No es demasiado temprano. Sin embargo hay persianas que se levantan, patios recién fregados y rápidos transeúntes que acuden a sus trabajos. Yo acudo a algún recado que me he puesto a mí misma para salir a andar sin propósito alguno: las manos en los bolsillos, la pisada en sordina, los ojos en su deriva de colores y formas.
Cuando era pequeña mi madre siempre me ordenaba que sacase las manos de los bolsillos. Y tampoco arrastres los pies, añadía de vez en cuando. Yo asumía el mandato como una más de esas órdenes adultas (va, espabila, date prisa) con las que nos enseñan a comportarnos, pero no lo entendía. Aún no sabía nada del tiempo y su valor, del prestigio del trabajo, de la necesidad de estar siempre ocupado y del abominable pecado de la holgazanería. Andar con las manos en los bolsillos es andar hacia ninguna parte, sin ningún objetivo honorable, sin ningún destino decente: un flâneur, un bohemio, un diletante, qué vergüenza.
Camino despacio por las calles recién estrenadas de enero con las manos calientes y metidas en mis grandes bolsillos. Me he inventado un motivo para hacerlo (una compra, una visita, consultar algún precio…) porque aún queda en mí ese prejuicio antiguo. Pero es todo mentira. El único motivo es esta luz que salva, este olor y este aire que conectan mi vida con las vidas de otros, ese árbol que crece sigiloso debajo de mi casa o el destello sublime del cristal en la cresta dorada de un antiguo edificio. No hay otra razón: un verso que me viene a la cabeza, la sonrisa de alguien que se cruza conmigo, la sombra de un matrimonio engalanado que camina delante, el breve contraluz de una paloma, un recuadro de cielo inocente y vacío, una vieja azotea dormida en su silencio inexplicable y aquella silla verde que se asoma a un balcón.