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martes, 26 de diciembre de 2017

Los verdaderos domingos de la vida

 
Ahora que termina el cumplimiento
de la felicidad ya consumada,
vuelve bajo la forma del recuerdo
la esperanza que nunca nos defrauda,
la flor de la promesa que era el sueño
de la savia creciente en la semana.
La sangre que pujaba en el deseo.
Y los días de fiesta, que fracasan.

Enrique Andrés Ruiz
(Los verdaderos domingos de la vida)


Camino despacio hacia la casa familiar. Es domingo. Y fiesta de guardar. El sol transparenta las hojas de las moreras, más intensas aún en su amarillo, recortadas en el cielo azul y frío de diciembre. Las calle está llena de gente, de destellos, de esa calma serena que tienen los días festivos, de ese silencio contenido en murmullo. Si alzo aún más la vista, me encuentro con la ventana del dormitorio de mis padres. He estado allí tantos domingos que mirarla desde fuera es también, inevitablemente, mirarla desde dentro. El sol alcanzando el alféizar, los azulejos del suelo, el banco que mi madre ha puesto a los pies de la cama y un recorte muy breve de edredón. También el olor a ropa limpia, la brisa fresca y matinal que airea las habitaciones fatigadas de estufa. La música de un organillo lejano, las campanas anunciando la misa de las doce y el humo de la cocina. Un escalofrío de felicidad muy verdadero acompaña mis pasos hacia el portal iluminado. Porque todo parece detenido en el tiempo, como si siempre fuera a ser así, suspendido en una eternidad momentánea e intensa. El timbre, la voz de mi padre al otro lado, el ascensor que sube más rápido, las voces de los niños tras la puerta entreabierta. No importa si es mentira o si es fugaz. Estar aquí y ahora, sentir esta dulzura radiante y repentina, repetir para mí, mientras entro en la casa y recorro el pasillo hacia el salón, que estos, que son estos los verdaderos domingos de la vida.

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