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miércoles, 25 de octubre de 2017

El arte de preguntar

Uno nunca es consciente de la cantidad de preguntas por minuto que puede llegar a generar una clase de primero de la ESO. Lo preguntan todo, desde el tipo de papel (pautado, a rayas, con dos líneas, cuadro grande, pequeño, etc.) que debe tener su cuaderno, hasta la edad a la que empezaste a ir en bicicleta, la hora a la que se sale al recreo o el nombre de tu animal favorito. Por lo general, ninguna de las preguntas está relacionada con lo que estás explicando. O lo está, pero de una forma tangencial o ilógica. Probablemente porque mientras tú hablas ellos están ocupados formulando la pregunta o volando en una nave a años luz de tus palabras. De ahí que formulen la misma pregunta dos veces seguidas o que cuando sea su turno hayan olvidado lo que querían preguntar. Cualquiera que haya tenido niños cerca sabe a lo que me refiero.
El caso es que uno nunca está contento con lo que tiene, porque a mí siempre me ha gustado que me hagan preguntas en clase, de verdad, no sólo porque así las clases son más divertidas, sino porque además responden a mi ideal socrático de enseñar dialogando: no hay nada que odie más en la enseñanza secundaria que estar hablando sin parar sin que nadie pregunte nada. No sé, quizás es que hacía demasiados años que no daba clase en primero de la ESO. De repente, estás rodeada de una horda de niños que te miran con los ojos encendidos y que sonríen y que después de leerles dos cosas ya quieren que te quedes con ellos toda la vida y que al finalizar la clase bloquean la puerta de salida para evitar que te escapes y rodean tu mesa con sus manos en alto y sus ojos enormes y sus mochilas pantagruélicas y te tocan y te dan golpes en la espalda y te estiran del vestido y te siguen preguntando una y otra vez, sin tregua, sin piedad, sin ceder ni al cansancio ni al desaliento, todas las cosas que pasan por su minúscula cabeza ¿Cómo cabrá tanta duda en algo tan pequeño?
Por suerte, no todo es pregunta vacua. A veces, algunas pocas veces, sus intervenciones tienen sentido, y casi te descolocan. Como cuando esta mañana uno de los más pequeños, al hilo de una diapositiva sobre la literatura y el paisaje, me ha contado la experiencia estética que había tenido esa mañana esperando el autobús: el primer amanecer del curso, el día devorando a la noche, la extrañeza de la oscuridad diurna, el lento proceso de la luz solar. Era tan bonito, ha dicho, que he tenido que contárselo a mis compañeros de asiento. Eso, eso es la literatura, le he contestado yo con lágrimas en los ojos, contar lo que nos impresiona, lo que nos emociona, lo que nos produce algún sentimiento. Lástima que él ya estuviera pensando en otra cosa… Después, la clase ha seguido con cuestiones mucho más importantes ¿Y ese papel que hay en la pared qué es? ¿Y se puede salir al cuarto de baño si te estás haciendo pis? ¿Qué tenemos que hacer para pedir una taquilla?
Siempre he dicho que ser profesor es acompañar y escuchar. Pero también lo es responder. Enseñarles a preguntar y aprender el arte de responder será uno de mis retos este año. Hoy no he quedado contenta con mis respuestas: les he dicho que mi animal favorito es la jirafa, pero en realidad creo que es el elefante.

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