nube

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jueves, 27 de julio de 2017

Una iluminación


… Ahora bien, pero es lo cierto
que de hecho nada pasa, sino que eternamente
seguimos condenados todos, cada uno
a ser el que es, y no otro nunca, sino siempre
el mismo, y, por lo tanto, en realidad no somos
innumerablemente iguales, sino todos
el mismo y uno solo, y es la necesaria
voluntad de cada cual de ser el que es, no otro, 
la que hace que las cosas necesariamente
sean lo que son, que sea el Ser el que es y pueda
proclamar con insufrible fanfarronería
“Soy el que soy”...

Agustín García Calvo, Sermón de ser y no ser



Volvía a casa ya. Iba atenta a los coches, a las cosas que haría al regresar: nada veía. La sombra de la bici proyectaba su silueta alargada entre los campos, y yo no la veía. Pasaba, circulaba, hasta que algo muy simple y muy extraño iluminó la escena y todo se volcó.
De pronto yo era todos los que alguna vez fueron en esa coordenada, en esa luz: la madre que habitaba en unas ruinas que antaño fueron casa, el hombre con la hoz segando mieses, la muchacha que canta bajo el árbol, los obreros que hicieron aquel puente.
Y era el ave también, el ave que planea -y aún está planeando- sobre campos de avena,  su tripa en tornasol. Era todas las aves que buscaban sustento en el campo arrasado del verano.
Y era el tren que llegaba, las niñas que jugaron en la tierra, y hasta el perro indefenso que ahora ladra vallado en un rectángulo vacío.
Era el sol que me quema y que doraba los campos infinitos, la luz maravillosa de poniente, el humo de una casa que no existe, el beso clandestino de la amada.
Era aquí y era antes, pues yo era yo también regresando a mi casa por la noche, recogiendo a una amiga en la vieja estación, esperando la hora.
Y también era allí,  en Holanda, y Zimbaue, era yo y era otra la misma que miraba  ponerse el mismo sol. Porque todo era todo de repente.
Nada había cambiado sin embargo: seguían existiendo las penas y las risas, la vaga incertidumbre y el dolor. No se había extinguido la amenaza terrible de la muerte, pero no me importaba.
Vi mis piernas correr entre los campos, acercándose al tren y era todas y todo, sujeto deseante sin deseo, traspasado de luz habitando un presente interminable.

lunes, 17 de julio de 2017

Ordenando papeles


Adolescente fui en días idénticos a nubes,
cosa grácil, visible por penumbra y reflejo,
y extraño es, si ese recuerdo busco,
que tanto, tanto duela sobre el cuerpo de hoy.

Luis Cernuda, Donde habite el olvido

Es una tarde de domingo de 1994. La chica está en su casa con los deberes sin hacer. Han cambiado la hora, y anochece muy rápido, y una nostalgia densa, irrespirable, anida en su habitación, junto al flexo naranja. No ha sido capaz de encontrar una excusa para bajar a la calle. Afuera están las cosas que desea. En su carpeta, fotografías de Kurt Cobain, portadas de los Led Zeppelin, mandalas coloreados con ceras Manley, dibujos a medio hacer y entradas de discoteca. Como el tiempo no pasa de ninguna manera  y en su cuarto vacío apenas pasa nada, decide llenar su soledad escribiendo en un folio todo lo que le ocurre. Es algo, por otra parte, que le pasa bastante a menudo.
Ha leído a algunos autores, pocos; ha sentido vivamente la dentellada del desamor, porque el mordisco del desamor no entiende de edades ni de experiencias; le preocupa lo que ocurre en su entorno y le gustaría hacer algo por cambiarlo. Las ideas bullen en su cabeza. Y ella escribe, y piensa, y mira sus recuerdos, los del escaso tiempo perdido -a sus ojos tan vasto-, sus minutos volados convertidos en fotos y en billetes de metro y en frases garabateadas en servilletas y en rosas disecadas colgadas en la pared.
Al final de la tarde, guardará sus papeles en la carpeta, mezclados con los apuntes del Romanticismo tardío y el cuadro de los pronoms febles. Y es probable que piense que todo aquel caudal de letra impresa es un tesoro. Tal vez imagine a la mujer que unos años más tarde mirará esa carpeta, riendo al encontrar las cuentas de los días, las agendas, los flyers, las revistas…
Hoy ha sido esa tarde: papeles llenos de frases, dibujos que auguran el futuro, la balumba de números, de cuentas y de días, los tachones, las notas, las canciones, las cartas, los listados, los deberes de mi madre, las manualidades. Hay cajas infinitas con pines y con piedras, con folletos de viaje, con periódicos viejos, con apuntes de física, con collares y cuentos y novelas. Y sobres vacíos. Y folios vacíos. Y cartas sin enviar.

Ahora es la mujer quien mira a la muchacha. Frente a ellas: un abismo de fechas y papeles, una pira de nombres nunca dichos, carpetas y carpetas donde seguir guardando las huellas de este miedo, de este miedo vacío, interrogante.

lunes, 10 de julio de 2017

Escribir por la mañana

“… es la mañana lo que nos hace creer. Siempre hay que partir al alba cuando se camina. Para acompañar la salida del sol. Y en  esa hora indecisa, en esa hora azul, se siente como el balbuceo de la presencia. Andar por la mañana significa reconocer la pobreza de nuestra voluntad, en el sentido de que querer es lo contrario de acompañar”
A propósito de Thoreau, Frédéric Gros, Andar una filosofía.

El aire de las cosas aún no hechas se mueve entre las copas de los pinos. Es una brisa fresca y olorosa que despierta a las ramas con su canto de siglos. Es el mismo de todas las mañanas y es siempre distinto. Los pájaros dormidos asisten a este rito, lo cantan, lo celebran en un idioma indescifrable. Todo parece ordenado y limpio, azul clarísimo, casi blanco. Atrás queda el desorden de la noche turbia, de los sueños y las sombras acechantes, atrás queda el silencio de las horas dormidas. Cantar es celebrar que todo empieza de nuevo y que se abre ante nosotros la ilusión de un nuevo principio. Por eso escribo de día.
No es una cuestión de contrarios, sino de contrapuntos. Tras la noche del tiempo lectivo, la luz de los días en blanco; tras el mudo desconcierto de las sombras, la agudeza implacable del sol; tras la quietud, el transcurrir del tiempo.
Suenan los primeros compases en la partitura del día. Efervescencia de trinos en los árboles: música de la mañana. El zureo en cascada de las palomas es la base del tema. El sonido de las teclas de mi ordenador, su percusión. Y el mirlo que se impone como el gran solista.
Escribo por las mañanas porque todo despierta conmigo, también las palabras. Porque quiero cantar a lo que empieza, a lo que no termina, a lo que gira. Escribo por las mañanas porque la luz, por el todavía, porque no encuentro mejor manera de acompasarme al mundo, de acompañar al mundo y desprenderme del yugo de la voluntad, del lastre del deseo. Escribo por las mañanas porque estoy despierta y eso me permite estar atenta a todo lo que pasa.
Después levanto la cabeza del ordenador y miro. Una hoja de níspero ha caído sobre la hierba húmeda. Ha hecho un sonido sordo y seco, como si concluyera el primer acto.