nube

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domingo, 12 de marzo de 2017

Domingo


    El domingo amanece vacío. No hay nada que amenace con sus exigencias horarias la armonía feliz de esta mañana. No hay prisa por llegar a ningún sitio. No hay tareas pendientes (o al menos no demasiadas). No hay ninguna pulsión, ningún desasosiego, ninguna distracción. Nada. Percibo esta sensación al abrir los ojos, aún en la penumbra de la habitación. Me digo: ¡nada!, y el tiempo se me llena de paisajes y cuerdas, de aromas y peldaños, de sonrisas y dedos, de objetos y de notas, yo que sé, de todo lo posible o por venir. Y también de palabras.
    Una veta de luz alcanza mis pestañas. Y pienso en escribir. En volver a poner, una tras otra, palabras porque sí, en llenar esa nada con renglones. Las letras dejarán su incorpórea verdad e irán trazando su palacio de tinta, su bosque de pequeños claroscuros, su horizonte de acentos. Ellas, que tampoco son nada, serán dentro de un rato mañana en la mañana, aceite sobre el pan, aroma de café, vapor de agua.
    Amanece vacío mi domingo. Vacío pero lleno de palabras. Una extraña alegría sonora, pertinaz, embriagadora inunda mis oídos al compás de su ritmo, al compás de su son y de mis pasos. No hay nada más aquí. El tiempo, una palabra. Palabra, el escritor, el mago que transforma palabras en palomas, el paciente arquitecto que construye su universo intangible de columnas palabras y párrafos dinteles. Vacío era hace un rato este breve recuadro. Ahora las palabras, su prodigio.

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