nube

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domingo, 8 de enero de 2017

Andar con las manos en los bolsillos

Holgazaneo e invito a mi alma,
me tumbo y holgazaneo a mi antojo… mientras
observo una brizna de hierba veraniega.

Walt Whitman – Canto a mí mismo

Camino despacio por las calles recién estrenadas de enero. El sol apenas calienta, pero deslumbra. No es demasiado temprano. Sin embargo hay persianas que se levantan, patios recién fregados y rápidos transeúntes que acuden a sus trabajos. Yo acudo a algún recado que me he puesto a mí misma para salir a andar sin propósito alguno: las manos en los bolsillos, la pisada en sordina, los ojos en su deriva de colores y formas.
Cuando era pequeña mi madre siempre me ordenaba que sacase las manos de los bolsillos. Y tampoco arrastres los pies, añadía de vez en cuando. Yo asumía el mandato como una más de esas órdenes adultas (va, espabila, date prisa) con las que nos enseñan a comportarnos, pero no lo entendía. Aún no sabía nada del tiempo y su valor, del prestigio del trabajo, de la necesidad de estar siempre ocupado y del abominable pecado de la holgazanería. Andar con las manos en los bolsillos es andar hacia ninguna parte, sin ningún objetivo honorable, sin ningún destino decente: un flâneur, un bohemio, un diletante, qué vergüenza.
Camino despacio por las calles recién estrenadas de enero con las manos calientes y metidas en mis grandes bolsillos. Me he inventado un motivo para hacerlo (una compra, una visita, consultar algún precio…) porque aún queda en mí ese prejuicio antiguo. Pero es todo mentira. El único motivo es esta luz que salva, este olor y este aire que conectan mi vida con las vidas de otros, ese árbol que crece sigiloso debajo de mi casa o el destello sublime del cristal en la cresta dorada de un antiguo edificio. No hay otra razón: un verso que me viene a la cabeza, la sonrisa de alguien que se cruza conmigo, la sombra de un matrimonio engalanado que camina delante, el breve contraluz de una paloma, un recuadro de cielo inocente y vacío, una vieja azotea dormida en su silencio inexplicable y aquella silla verde que se asoma a un balcón.


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