nube

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lunes, 26 de diciembre de 2016

Mañanas luminosas de diciembre

Tras varios aguaceros, los días luminosos de diciembre amanecen más limpios, más brillantes: el aire recién lavado arrastra en su camino transparente olor a ropa limpia, a lentos desayunos junto a la estufa. Las calles están desiertas, congeladas, ni tristes ni alegres. Nada. Ni coches ni transeúntes. Pueden más el silencio y la quietud. Porque hay algo antiguo en los días festivos del mes de diciembre. Una mezcla de nostalgia y duración, de adiós y permanencia, una nítida conexión con el pasado que viene de la luz, de saber que esta luz estuvo siempre, de saber esta luz de una forma difusa y no verbalizable.
Aunque a ratos lo intento: breves notas a mano en la libreta que siempre llevo encima (…estas luces de mayo: ¿desde cuándo?...); esbozos de poema (¿Hace el frío más nítidos los soles?) o fragmentos de prosa inacabados: ¿Cómo no iba a intentar hacerla mía, evitar que se escape cada vez la blanca sensación que otorga a la mañana esta dureza arcaica, este sol que bendice? ¿Cómo no imaginarse en la continuidad de un ciclo en que la luz es lo que permanece? 
Quizás es que la maleza de los días con sus infinitas obligaciones no nos deja mirar, que bastan unas horas para limpiar la pátina gris que los días rutinarios van depositando en los cristales de la vida. O quizás es que el poeta no puede mirar las cosas sin interpretarlas. Tampoco importa demasiado: la luz que aún entra tímida por mi ventana, en este amanecer lento y callado de diciembre, me ha devuelto a ese instante de íntima conexión, la feliz paradoja de marcharse y volver concentrada en el sol que inunda el patio de manzanas, las ganas de alumbrar con las palabras esta suerte de estar, apenas una hebra en el ovillo infinito del tiempo: aquí, ahora, sorteando las sombras, rodeada de luz.



sábado, 17 de diciembre de 2016

De los géneros



















“El primer paso para orientarse o para cambiar una situación consiste en comprenderla y, consecuentemente, el más esclavo de todos los hombres siempre es el que ni tan siquiera sabe que lo es” 

Josep María Esquirol, El respeto o la mirada atenta

Nunca fui partidaria de las cajas cerradas, de los límites férreos, de esa absurda costumbre de clasificar y diseccionar la realidad para poder estudiarla. Más bien amiga de lo abierto y lo mestizo, de lo inexplicable, de lo mágico: del mar, de las canciones, de las risas inesperadas y de los amigos que no tienen nombre.
Ahora, con las redes sociales y la profusión de la corriente informativa constante, todo parece moverse en ese lado de las cosas: todo mezclado, confuso, libre en apariencia, sumergido en orgiástica y benéfica armonía. Las líneas que dividen, las fronteras, se han ido disolviendo. Las cosas que vivían cautivas en un bloque se han mudado a otro sitio y van y vienen. No habitan en su caja cerrada y separada: las cosas ahora habitan en el tránsito que enlaza esos cajones.
La idea parece interesante, enriquecedora y creativa, digna de aplauso ¡bien!, la señora que se quita el corsé y siente que respira: una bocanada de oxígeno con el que oxigenar lo arcaico y lo caduco.
Al fin y al cabo, también la poesía está en la prosa. El mismísimo Aristóteles lo suscribiría. La prosa, en la poesía. Pero ahora navegamos en aguas más procelosas: un grafiti es un poema que es un tuit y un aforismo, pero también un cómic (porque lleva imágenes) y el cómic también es una novela, y así hasta el infinito.
Un tema complicado, porque unas mínimas normas que respetar, unos límites en los que mecerse, unas pautas o un nombre que poner a las cosas evitaría la ceremonia de confusión en la que habitamos. Sin embargo, del otro lado, habría que decir que unas cadenas demasiado severas, evitarían la originalidad y la frescura de algunos nuevos géneros, aunque originalidad y frescura suenen a campaña navideña de perfumes caros.
¿No será que en su afán por devorarlo todo la máquina del capital está devorando también los géneros? ¿Debe la literatura agachar la cabeza y someterse a sus leyes y a su necesidad de que todo sea efímero para que así podamos seguir gastando y alimentando al monstruo del dinero? ¿No se esconde tras la actitud moderna y renovadora de los que quieren romper los límites, una actitud de sumisión mayor a las normas del Gran Capitalismo disfrazado con pieles de cordero?
La poesía en las redes, en las fotos de Instagram, en los perfiles de Twiter, en los blogs ultramodernos, en las webs superhipsters está muy bien porque acerca la poesía a todo el mundo y te hace sentir popular. La poesía y la manera de consumir que el capital nos manda: todo rápido, y fácil, y sobre todo, perecedero. Lo importante, no lo olvidemos, es seguir produciendo y consumiendo. Dicho a la manera de Ferlosio: mientras no cambien los dioses, nada habrá cambiado.


jueves, 8 de diciembre de 2016

Tres espacios vacíos


“…es la imaginación la que ha enseñado al hombre el sentido moral de los colores, de los contornos, del sonido y del perfume. Ha creado, al comienzo del mundo, la analogía y la metáfora. Descompone toda la creación y con los materiales amontonados y dispuestos según unas reglas de las que no se puede encontrar el origen más que en lo más profundo del alma, crea un mundo nuevo y produce la resurrección de lo nuevo”.
Charles Baudelaire – Salón de 1859

 Estamos frente al mar: acero y lino, una balsa de tiempo, gaviotas, cormoranes, erizos en el fondo, olor a fuel, a algas, y velas deshaciendo el horizonte. La playa en el invierno es siempre un lugar triste, un paisaje que alude a amores clandestinos, a viejos balnearios, a trágicas huidas, a gestos melancólicos, a valientes marinos fracasados. El vacío del mar es aún más vacío cuando falta el color, azul menos azul. Sin color y sin gente aumenta la sensación de estar dentro de una burbuja: lo móvil parece inmóvil. Siempre he pensado que la eternidad debe ser algo muy parecido a una playa en invierno.

La senda de Les Rotes a Molins tiene algo de atávico. El mar al fondo es cielo, se confunde con toda la grisura de estos días velados. Sin embargo, la vegetación reluce, lavada como está por la constante presencia de la lluvia. El barro es casi rojo en su contraste con los arbustos: enebros, margallones y lavandas surgiendo entre las rocas, rompiendo con color la irregular orografía del terreno. Algo antiguo, rupestre, milenario se escucha en aquel sitio. Aquí el espacio en blanco trae recuerdos de antiguos pobladores, de ritos y atalayas, de tálamos y torres, de caza y sacrificios a los dioses. No faltan construcciones que tratan de emular esas leyendas en los alrededores.


Las ruinas de la vieja urbanización abandonada conocida como El Greco se han ido incorporando a este paisaje de una manera extraña, quizás antinatural, pero en cierto modo lógica. A las faldas del Montgó, su vacío fantasma evoca otro tipo de historias más terribles, góticas. La bruma que rodea al gigante de basalto ayuda a completar esa atmósfera de muertos que regresan, de extrañas desapariciones, de gritos en la noche. Pero también se escuchan relatos de familias que se marchan, de pueblos que sucumben a la tiranía urbana.

A veces el paisaje nos dice lo contrario de lo que dice, evoca narraciones opuestas a su apariencia, a su auténtica formación. Lo que cuenta del incendio la ruta de Molins por la torre del Gerro es un débil testimonio de ramas secas, de árboles negros, ya casi inexistente. Los viejos apartamentos abandonados dicen algo de la especulación inmobiliaria de la zona, pero cuentan otras cosas ajenas a ese hecho. El mar en el invierno, liberado de los bullicios y del consumo y el comercio estival, no trae historias de calma y de sosiego, sino de galernas y naufragios, de pasiones y tormentas. Como una tablilla de cera, la imagen del paisaje espera que se deposite en ella el estilete de nuestra imaginación. Escribimos historias encima del paisaje. Y allí quedan las dos: un resto de verdad y dos partes de ficción que lentamente se irán incorporando a la verdad. A veces escribir es también observar y caminar.