nube

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martes, 26 de julio de 2016

Chejov en Denia


El arte de escribir es el arte de observar. Hacer que lo que miras valga por veinte y que tu mirada convierta en novedad las cosas. Gran parte de la literatura del siglo XX, y en eso Chéjov es un adelantado, es contar qué pasa cuando no pasa nada, qué pasa en nuestra vida, qué pasa una anodina tarde de domingo. Se pueden inventar muchas cosas, pero contar lo más inmediato es un reto. Chéjov decía que hay que hacer poderosas las palabras humildes e interesante a la gente vulgar
Luis Landero, entrevista en Babelia, El País (2007)

     Leo nieves y estepas, deshielos en abril, escarcha y hojas secas en lejanas ciudades de nombres imposibles. Campesinos morados, ateridos, trabajando en la siega. Mujeres abrigadas con capa y con manguitos que anhelan mariposas y veranos. Leo taigas y lluvias, cazadoras de piel y bufandas de lana. La noche prematura, el vapor del samovar, el frío sin esquinas van llenando despacio mi imaginación.
     Un mujik de Dubechnia enciende la chimenea de su casa. Yo leo en la terraza de la mía -tirantes y sandalias, mosquitos y cigarras, 30 grados a la sombra- y pienso en la manera en que a veces las cosas se enlazan desde límites opuestos, lejanas conexiones de contrarios que le dan al presente un halo de irrealidad, una profundidad extraña. Chejov en Denia o un payés como Pla andando por Siberia.
     No es sólo el contrapunto en que se tensa nuestra sed de ser otros, de estar en otro sitio; es la magia de estar en el mismo lugar y en su contrario sin tener que moverse, sin tener que abandonar ninguno de los dos. Más que el punto concreto en que se unen, la mínima porción de su contrario que hay en todas las cosas.
     Al levantar la vista del libro, el paisaje solar, mediterráneo, que se extiende ante mí se ha transformado: entre las sombras tintineantes del algarrobo, contemplo a Mijail y a María Victorovna. Están dando un paseo, contentos de que al final, el verano se haya abierto camino. Acaban de mudarse a vivir al campo y están felices. Se sientan en la terraza. Él silba. Ella abre un libro. El tiempo se hace denso en su pequeña aldea. Parece que no suceda nada. 
    Aquí tampoco. El nítido compás de una mañana. Mi vida. La de Chejov. Apenas unos pájaros lejanos, el sonido suave de las teclas, el aire entre las hojas, las páginas de un libro.

lunes, 18 de julio de 2016

En torno a la misma idea


VERANO

Mediodía

Transparentes los aires, transparentes
la hoz de la mañana,
los blancos montes tibios, los gestos de las olas,
todo ese mar, todo ese mar que cumple
su profunda tarea,
el mar ensimismado,
el mar, a esa hora de miel en que el instinto
zumba como una abeja somnolienta...
Sol, amor, azucenas dilatadas, marinas,
Ramas rubias sensibles y tiernas como cuerpos,
vastas arenas pálidas.

Transparentes los aires, transparentes
las voces, el silencio.
A orillas del amor, del mar, de la mañana,
en la arena caliente, temblante de blancura,
cada uno es un fruto madurando su muerte.

(Idea Vilariño- La suplicante)

Volver a un libro es regresar a un reino perdido, a una patria que tuvimos que abandonar a toda prisa, de madrugada, apenas alumbrados por las antorchas; es como entrar de nuevo a una casa que nunca se terminó de construir; como meter la mano en un cajón que fue nuestro pero ahora es de otro; o volver a una playa sabiendo que las piedras que miramos el verano pasado se han llenado de arena. Es casi un sacrilegio, una profanación. Porque las cosas que pensamos al entrar en sus páginas seguían ahí prendidas, esperándonos. Pensamientos breves enhebrados al aire de su aliento, al hueco de sus letras. Algo de lo que fuimos permanece encerrado en ese lugar. Volver a leer un libro es reencontrarse, reencuadrarse, renunciar.
Yo he vuelto en estos días a Idea Vilariño. Siempre vuelvo. Aunque sólo lo hago cuando un excedente de alegría ocupa mi presente. Su poesía cruda, reveladora, despojada de artificios y adjetivos es lo más parecido a un puñetazo o a una bofetada, palabras que nos tambalean, que logran perforar el mar helado de nuestro interior, por usar la metáfora kafkiana.
Una metáfora, en cualquier caso, bastante oportuna ahora, por acuática, porque hay algo de agua en la poesía de Idea Vilariño, de caudal, de abrir las compuertas y dejarse ir. Como si no tuviera miedo de decir lo que otros tendemos a callar. Como si abriera el grifo de la expresión más radical, del pensamiento más desnudo y más insomne y lo dejara caer por campos y por valles, ligera, alegremente.
Pero no hay alegría en sus poemas. Hay bostezos de angustia, interrogantes, serpientes disfrazadas de oleaje, silencios y amenazas, y algunas breves rosas tan suaves y cuajadas de espinas. Pero hay también allí tanta verdad y tanta precisión, tanta belleza, que es difícil no volver. Es extraño, bastante extraño. Que dé placer lo que duele, O ¿por qué, contra vos mismo,/ severamente inhumano,/entre lo amargo y lo dulce,/queréis elegir lo amargo? También lo advirtió Sor Juana: extraño, pero nada nuevo, es no elegir lo más sano. La poesía nos cura con veneno.


lunes, 11 de julio de 2016

Acompañar

“Yo voy acompañando al árbol siempre…
Siempre voy paralelo al desarrollo del árbol… “.
Antonio López. El sol del membrillo.



De todo el léxico didáctico que nos acompaña a final de curso, momento de buenos propósitos para el año entrante y demás pamplinas burocrático-administrativas, me quedo con una palabra: acompañar. No creo que haya que hacer mucho más en el ámbito de la educación obligatoria. Acompañar al alumno mientras él va aprendiendo, mientras está en clase, mientras toma el almuerzo, mientras se angustia porque la chica del pupitre de enfrente lo ha rechazado, mientras golpea con fuerza la pelota para demostrar que es más fuerte que los demás, mientras pregunta a sus compañeros sobre cómo debería afrontar determinado problema, mientras se pelea con su memoria al intentar recordar la estrofa de una canción o las leyes de la termodinámica. Estar ahí, que sepan que estamos: mientras escribe su primer soneto y cree que el lenguaje se ha inventado para que él pueda escribir ese soneto, cuando se cae del árbol al que se había subido por ver si desde allí conseguía que la amiga le hiciera un poco más de caso, cuando descubre que para caminar hay que empujar el suelo hacia detrás, cuando ve en la palabra explayarse un eco del mar lamiendo las orillas del tedio mientras su profesor explica interminablemente la Guerra de la Independencia. Acompañar, estar ahí, prestar atención: escuchar sus historias, hacerles preguntas y caminar con ellos un tramo del camino. Ser testigos y poner a su alcance todas las herramientas del conocimiento que podamos. Por más que queramos enseñar, no enseñamos nosotros, aprenden ellos.

lunes, 4 de julio de 2016

Elogio del aburrimiento


Acostumbrados como estamos a deslizar el dedo por la pantalla del móvil mientras las imágenes y las frases ingeniosas llenan nuestro presente con su cháchara fácil y banal, metidos en la balumba de citas y programas y obligaciones múltiples (parrillas televisivas, clases de spinning, depilación láser…) apenas somos capaces de pararnos y contemplar, de advertir que lo que ocurre a nuestro lado es único e irrepetible. O peor aún, que eso maravilloso e irrepetible que pasa a nuestro lado deja de serlo en cuanto somos incapaces de prestarle atención. Que se nos pasa la vida enganchados constantemente a una infinidad de quehaceres inútiles. Que si lo piensas bien, hasta dan ganas de llorar.

Es como si todo el tiempo tuviéramos que estar entretenidos y ocupados. Como si esas horas de silencio y lectura o conversación, de estar sentados frente a un árbol, de sentir que el tiempo pasa despacio o que la lluvia moja ligeramente los campos resecos son una pérdida de tiempo. Porque no dan dinero, claro. Porque no dan dinero y porque forman parte de una estética alejada de la presente exaltación de la juventud, de la necesidad pueril de estar siempre ‘pasándolo bien’, que es lo que nos aleja de ese arma afilada y peligrosa que es el pensar.

Leía hace poco en una entrevista a George Steiner que los jóvenes no tienen tiempo de tener tiempo, que el temor al silencio los aleja del amor por la cultura y por el saber. Sólo desde el silencio del tiempo vacío se puede acceder a ese reino de difícil conquista, a ese mundo que solo unos pocos valoran como el tesoro que es: el mundo de la filosofía, de las palabras, del conocimiento, del análisis del comportamiento humano, de la búsqueda de la belleza, y tantas otras cosas a las que hemos dado en llamar cultura, arte, literatura.

Pero no sólo eso. Quizás mucho peor. No sólo hacen falta vacío y silencio para escribir o leer o para pensar, nos hacen falta para vivir. Silencio para sentir el leve crujir de las cigarras después de la siesta estival y comprender que el mundo gira siempre en la misma dirección y que ese regreso nos hace darle esquinazo a la muerte; quietud para escuchar las últimas gotas de la tormenta e intentar acomodar en su música el ritmo de nuestra respiración; tiempo para percibir la densidad de todo, el lujo de cada minuto, la celebración constante de la naturaleza y la unión de cada cosa con la otra; vacío para recordar lo que ocurrió ayer, para saborear el eco de los besos, el estremecimiento de unas buenas noches o para dejarse ir. Duración en sentido bergsoniano frente a tiempo en sentido capitalista, o como explica Juan Arnau en la Invención de la libertad: “la durée no es la suma de unidades de duración, no es un tiempo homogéneo, regular ni acumulativo; estamos en el ámbito de lo irrepetible”.


En el vacío del aburrimiento como camino a lo irrepetible es donde nacen los frutos menos aburridos.