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lunes, 28 de marzo de 2016

Leer



Voy en el tren: regreso. Han cambiado la hora. Por eso el sol poniente ilumina la escena. Su luz llena el vagón de una atmósfera cálida, propicia a la ensoñación y a la lectura. Sobre mi mesa plegable, tres libros y un cuaderno de notas. Hay tiempo por delante: 365 kilómetros. Y silencio, sobre todo silencio, porque al menos ahora ya hay vagones donde no suenan los móviles.

Medito sobre la lectura antes de sumergirme en ella. Sobre el poco margen que la vida actual y sus falsas necesidades dejan a los libros. El tren, sin ir más lejos, alcanza ya los 300 kilómetros por hora: nos hace llegar antes –el tiempo es oro- y nos deja, por tanto, menos tiempo vacío.

Recuerdo una conversación reciente con mis alumnos lectores (de esos que ya están en el secreto, de los que paran una conversación para apuntar referencias de futuras lecturas, de los que las malas lenguas dicen que no existen). Hablamos de cómo a veces nos perdemos en tantas tonterías que los días se acaban sin haber abierto un libro; y los años, con cientos de volúmenes sin terminar. Hay que leer -les digo, me digo- hay que huir de las “bellezas fáciles que no requieren esfuerzos, ni excesivas pérdidas de tiempo”, zafarse del utilitarismo, olvidarse de los vídeos de gatitos, de los test de personalidad, de las imágenes fáciles que pueblan nuestros móviles y de los falsos cantos de sirena que la comunicación permanente nos susurra al oído cada día desde las pantallas táctiles. Leer nos proporciona placer pero no da dinero, por eso el sistema fuerza cada día su maquinaria para evitar que perdamos el tiempo en cosas improductivas como leer –pensar- (salvo que leamos best-sellers), o como amar (salvo que amemos mientras compartimos Big Mac y Coca Cola).

La cita y la dirección de las ideas me llevan al libro que me dispongo a terminar y que sigue en la mesa plegable iluminado por el sol: La utilidad de lo inútil, Nuccio Ordine, Acantilado. Un libro que todos deberíamos leer, en especial los docentes, porque, poco a poco, metidos en la balumba de las TIC y los estándares de aprendizaje, nos vamos olvidando de los clásicos en pos de otras lecturas de más fácil acceso, igual que los sistemas educativos están más preocupados por los conocimientos útiles: el comercio, la electrónica, la tecnología, la empresa…, que por el arte, la literatura o la filosofía. Como si un poema, un cuadro o una explicación del mundo no tuvieran ningún interés ni ninguna importancia en nuestras vidas.

Tampoco la enseñanza parece interesarle al sistema educativo, sobre todo si va dirigida, claro, a despertar la pasión y el interés del alumno y no a prepararlo para que se convierta en un individuo útil, no importa si ingeniero o simple mano de obra. Una mala enseñanza, apunta el libro citando a George Steiner: “es, casi literalmente, asesina y, metafóricamente, un pecado. (…) Una rutina pedagógica, un estilo de instrucción que, conscientemente o no, sea cínico con sus metas meramente utilitarias, son destructivos”.

¿Estamos matando a nuestros alumnos? El tema da para varios miles de páginas. Sin embargo, con su tamaño actual, el texto (apenas cinco párrafos) ya es demasiado largo para colgarlo en el Facebook, pues como todo el mundo sabe, el número de lectores desciende proporcionalmente al aumento del número de palabras. Además, mi nuevo Iphone, que ha permanecido callado hasta ahora, requiere una actualización que exige mi atención y cuidados. Así es todo el tiempo: puro y vacuo entretenimiento fácil.

Sin embargo, estoy de vacaciones, y sigo trabajando en la enseñanza, no puedo parar de hacerlo, igual que no puedo parar de leer o de garabatear versos. Hay una cita en esta línea que me gusta para concluir este escrito:

“No se conoce –recordaba Max Scheler, citando a Goethe- sino lo que se ama, y cuanto más profundo y cabal quiera ser el conocimiento, más fuerte, vigoroso y vivo debe ser el amor, incluso la pasión”


La pregunta es entonces: ¿Por qué le tenemos tanto miedo al amor?