nube

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miércoles, 24 de junio de 2015

Visita a Elca






Estos momentos breves de la tarde,
con un vuelo de pájaros rodando en el ciprés,
o el súbito posarse en el laurel dichoso
para ver, desde allí, su mundo cotidiano,
en el que están los muros blancos de la casa,
un grupo espeso de naranjos,
el hombre extraño que ahora escribe.


Hay un canto acordado de pájaros
en esta hora que cae, clara y fría,
sobre el tejado alzado de la casa (...)


Lamento en Elca, Francisco Brines




 Al fondo del camino, la casa duerme un sueño de muros encalados y antiguas buganvillas sobre un valle repleto de naranjos. Una línea de azul ultramarino dibuja el horizonte. Las voces de los visitantes van llenando cada rincón: la alberca y el estanque, la sala principal con sus retratos, el jardín interior, la escalera que da a la biblioteca y hasta el cuarto de baño de suelo ajedrezado. Lentamente la casa va saliendo de su ocasional letargo y la luz de la tarde se suma a la alegría de voces y de pasos con que pasan las horas de este día anónimo de junio.

No es anónimo el suelo que pisamos. Cada breve baldosa encierra el tiempo de pisadas y sueños que poblaron la casa en días tan felices como éste. Y algo del murmullo de esos días continúa atrapado en sus estancias, canta junto a la luz, junto a las voces entusiasmadas de sus puntuales inquilinos. No cuesta imaginarse el tiempo del verano en esta casa. Ni al niño que la habitó y que ahora anda despacio entre sus muebles, ayudado del bastón. Asusta comprobar cómo los seres se van desvaneciendo mientras quedan sus cosas: sus libros y sus cuadros, sus espejos, sus bancos de cemento, sus cuentas, sus papeles.

Sin embargo, no estamos asustados, porque estamos aquí, plenos y juntos, y todo se organiza en torno a la celebración. Brindamos por la suerte de este día; por la feliz coincidencia que nos hermana; por la casa y su inquilino; quizás, veladamente, por la poesía. Las cosas que la habitan celebran con nosotros su alegría de estar y si uno logra afinar el oído todavía es capaz de escuchar entre tanto ajetreo las pisadas del niño que se asoma al estanque para mirar los peces.

El mundo se duplica. Mezcla superficie y profundidad. Los peces surcan árboles, raíces que se hunden en el agua, pulmones desleídos en el breve contrapunto borroso de la adelfa. Borroso como el rostro de aquel niño que ahora corre por el empedrado hasta la entrada principal de la casa. Es inquieto y despistado, como todos los niños. El ruido de sus pies atraviesa el salón a trompicones, persiguiendo un insecto y el destello violeta de su tripa hasta que la luz estival que hay en el patio se lo borra.

Nada le importa al niño. Va de aquí para allá, asomándose loco entre los setos, sacudiendo las hojas de palmera, las flores del jazmín, cavando galerías en la tierra detrás de algún gusano mientras cantan los pájaros y vuelan las abejas y a él le zumba también el corazón al dar alcance a su presa. Libélula, ha pensado al atraparla, y ha visto la palabra deshacerse como un néctar sagrado.

Cansado de los juegos exteriores ha subido hasta el ático. Enmarcado detrás de la ventana, el gigante Montgó vigila el mundo. Y él vigila al Montgó. En las sombras lejanas de aquel valle, la tarde se deshace enredada en los versos de un poema. Y la vida no duele. Y el tiempo es una masa infinita y eterna en el centro fragante del verano. Porque todo va al mar: y el hombre mira el cielo...