nube

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martes, 27 de enero de 2015

Volver a la niebla




La primera vez que lo leí fue en un parque británico llamado Kings Park, cuando todos los libros aún estaban por leer. Me senté en la hierba. Abrí la primera página. Y no me volví a levantar hasta la última. Había terminado COU. Era verano. Y el tiempo parecía infinito.

Ahora lo he vuelto a leer al compás de mis alumnos. De tarde en tarde, cuando las obligaciones me lo permitían. Lo he leído intentando ponerme detrás de sus ojos por ver si recuperaba el asombro de aquel verano mítico. No ha sido necesario.  Los pensamientos de Augusto Pérez, los diálogos con don Fermín, con Víctor, con Orfeo o con don Miguel, sus cuitas amorosas, sus guiños y sus trampas, sus transgresiones, y sobre todo, su humor, parecían recién estrenados.

Al fin y al cabo, ¿qué somos sino personajes de una novela o de una tragicomedia donde alguien –llamémosle destino, azar o dios- nos mueve a su antojo? Todos somos Augusto: paseantes sin rumbo que, enamorados de todo, andamos buscando algo (llámese ese algo sol o suerte o sonrisa o palabra o temblor o libro o paseo) que anime nuestra existencia, algo que responda a nuestras preguntas, algo que nos haga olvidarnos de ese sentimiento trágico que es, como dijo el propio Unamuno, morir sin querer morir. El desenlace de nuestra novela, igual que el del protagonista de Niebla, ya está escrito. En nuestras manos queda el abandonarnos a esa tragedia con pesimismo y resignación, o disfrutar del regalo con la mayor intensidad posible.

Entre los alumnos, sin embargo, hubo opiniones diversas. Los más ni lo han intentado (ya encontrarán su momento, si lo encuentran), los menos tuvieron sus ratos de tedio y divertimento, y algún despistado que otro -no desesperemos- también quedó deslumbrado. No es que la lectura no esté de moda entre los adolescentes, es que a los clásicos se llega cuando se llega. No hay que alarmarse tanto. Su tiempo –también como lectores- es aún infinito. De algún modo, al final, son los libros los que nos encuentran a nosotros, como un vislumbre de luz en medio la niebla.

martes, 13 de enero de 2015

Habitación Dickinson




 
Junto a una luz que se va
vemos más intensamente,
que junto a un pábilo que perdura.

Hay algo en el vuelo
que aclara la vista
y embellece los rayos.

Emily Dickinson

Son las 18.47 de la tarde. Domingo. Los días ya alargan un poco. Pero enero. Hace apenas un rato todavía podía verse entre las nubes un pequeño destello de lo que fue el día que ahora termina, una minúscula marca de luz entre las nubes. Apenas pasan coches. Los domingos son así. Parecen tumbas. A veces he pensado que la muerte se debe parecer a una tarde interminable de domingo. Sin embargo, estoy viva, reluciente de vida, y leo a Emily Dickinson. La leo rápido, sin detenerme apenas. Saltando entre los poemas. Casi sin pausa. La leo sin entenderla del todo, pero sonriendo. Me sorprenden el sentido del humor, las finas ironías. Aunque me abruma lo que en la traducción me pierdo. Porque el inglés. Incluso el español. Es raro. A veces intento explicarlo en clase, pero no sé si me entienden. Les digo que para que un poema te hable no hace falta entenderlo. Les explico que hay poemas muy queridos por mí cuyo significado no podría explicar. ¿Para qué los lees entonces? ¿O cómo puedes saber si te gustan? No sé. Supongo que ése es el misterio. Que ése es el misterio que me gusta. La paradoja. Leemos poesía para descifrar el mundo, para comprenderlo mejor, para conjurar los miedos, para redoblar emociones. Pero nada de eso nos es dado en la poesía.  Leemos poesía por muchos motivos. Y ninguno se cumple.  Sin embargo, esta tarde, mientras el último rayo de luz se evapora entre las nubes yo leo a Emily Dickinson.  Ella está en su habitación en Nueva Inglaterra escribiéndole a esa luz que ahora se extingue. Una cosquilla de privilegio me recorre el espinazo. La siento cerca. Encerrada en esta habitación. Mirando conmigo la tarde que se apaga. Levanto la vista del libro, como queriendo encontrar detrás de ese encuentro alguna respuesta, una enseñanza, algo que me ayude a comprender mejor el vacío. Pero no hay nada. Sólo vacío. Tan sólo ese momento de feliz comunión. Supongo que ahí está la explicación. La poesía no da respuestas. Pero logra hacer más dulce la herida de nuestras preguntas.

domingo, 4 de enero de 2015

París es una enorme metáfora






Viajar a París es, también, habitar el interior de un libro, transitar páginas que son calles, perseguir las huellas de los personajes, en mi caso de Horacio y de la Maga.”Huella y aura. La huella es el anuncio de una proximidad, por lejano que esté quien la dejó. El aura es el anuncio de una lejanía, por cerca que esté lo que la evoca. Mediante la huella, nos apropiamos de la cosa; mediante el aura, la cosa se apropia de nosotros”. La cita es de Walter Benjamin, de un librito con apuntes sobre la ciudad de París recientemente comprado en el Guggenheim de Bilbao y llevado de mi mano hasta el Louvre. Al fin y al cabo -aquí también- todo está lleno de puentes.
Buscar correspondencias, que cada cosa remita a otra -un rostro a otro rostro, una frase a otra frase- es, en palabras de Benjamin, la verdadera esencia del flaneur. Y como tales nos dejamos llevar por las calles heladas y su fragor navideño. Escribe Proust: “Entonces, totalmente alejado de esas inquietudes literarias y obviándolas por completo, de repente un tejado, un reflejo de sol sobre una piedra, el color de un camino, me detenían por el extraño placer que me proporcionaban, y también porque parecían ocultar algo detrás de sus apariencias, algo que me invitaba a descubrir y que a pesar de mis esfuerzos no lograba vislumbrar”.
El hilo del Sena –que es también el hilo de mis pensamientos- se extiende hasta el museo de Orsay: La catedral de Rouen, de Monet. No sólo comprender: intentar atrapar ese instante preciso, esa determinada luz a esa determinada hora en ese lugar concreto en esa época del año. Querer saber incluso el día de la semana en que esa luz sucedía y también el año. El espectador busca en su maleta de experiencias una luz similar y las asocia. Sigue transitando puentes. El de les Arts está lleno de candados que simbolizan, en toda su ingenuidad, el amor eterno de los enamorados. La moda se ha extendido a otros puentes como una plaga bíblica. Lo dijo Cortázar: “París es una enorme metáfora”. Para Benjamín, sin embargo, es “la realización de un viejo sueño de la humanidad: el laberinto”.
Los rostros inabarcables de las mil razas que pasean por París conforman mi propio laberinto. Mi metáfora. Tanta coincidencia en tanta disparidad debe significar algo. Tiene que significarlo. Por lo demás: palomas, tejados con buhardillas, iglesias, palacios, islas, abrigos y paraguas, pequeños cafés acristalados, galerías y pasajes, torres, tickets de metro. Un libro o una película. Embriaguez de reminiscencias. Las notas del librito de Benjamin se enlazan con las líneas. Cruzan puentes. Ríos. Cremalleras. Se quedan silenciosas para abrirse más tarde: “La lectura de esos libros perfila una segunda existencia, plenamente predispuesta a la ensoñación. Lo leído se materializa en los paseos vespertinos, previos al aperitivo”. Algunas frases de Benjamin se pegan a mis dedos. Como el aura de París: herrumbrosa y glacial pero adhesiva. “Todo el mundo es muy sucio y hermoso en París” le dice la Maga a Rocamadour. París es como un libro. Como un cuadro. Pinceladas de luz sobre un fondo gris. Desvaídos trazos de presente en la memoria.