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martes, 26 de agosto de 2014

Recuerdos y cronopios



   ... Yo me explico los fantasmas: ¿Cómo no regresar de la muerte, algunas veces, a visitar las casas queridas? ¿Cómo no acariciar las colgaduras, entornar las puertas de los armarios, asistir al lago de los espejos, entreabrir el aire de los aparadores? Yo seré un fantasma incansable, alguna vez; ¡tengo tantas casas que visitar de nuevo, diseminadas en la ciudad, en los pueblos, en las novelas, en la historia…!
Julio Cortázar, de una carta

En el principio fue Cortázar. Lo leí en las tardes interminables de la adolescencia, con una mezcla de asombro y de estupefacción cercana al aburrimiento. Lo leí porque había que leerlo. Porque me habían dado un premio en el instituto que sólo podía gastarse en libros. Lo leí en tardes interminables de británico aburrimiento adolescente cuando por primera vez salí de mi casa y comprendí que la libertad y el tedio guardaban una extraña relación. Fueron horas interminables de capítulos a saltos y morellianas insomnes. Hasta que un día, por una extraña conexión del destino, las palabras del argentino se enlazaron a mi vida del mismo modo en que se enlazan las personas: de una forma totalmente azarosa e inexplicable.
Después vino la Maga, su cara de traslúcida piel, su desorden, su intuición, su libertad, sus paseos sin rumbo por las calles de París, su espera inmóvil en el Pont des Arts. Vinieron las reuniones del Club de la Serpiente, el jazz y las discadas en pisos de estudiantes atestados de libros. Que ya no se sabía qué parte pertenecía a la ficción y cuál a la realidad. Las líneas de Rayuela se habían enlazado a las líneas de mis manos, como en un cuento fantástico, y la realidad dejaba de ser esa única y estanca imposición con la que el orden bienpensante nos mantenía callados y obedientes. Fue entonces cuando vino la Joda, el compromiso social y político. Nicaragua tan violentamente  dulce y la transgresión constante. La vuelta al día en 80 mundos. Las palabras al vesre y la hortografía con hache. La risa y el humor como salvaguarda. Viajé por la cosmopista con Julio y la Osita a bordo de una furgoneta que se llamaba Fafner. Y el tiempo dejó de ser ese oasis de tedio e incertidumbre en el que había vivido la adolescente para convertirse en esta carrera trepidante hacia ningún sitio que es la edad adulta.
Vinieron entonces, enlazados como abalorios al hilo de los días, todos los cuentos (el cuento): La autopista del sur, Casa tomada, Lejana, La noche boca arriba, Bestiario, Carta a una señorita en París, Continuidad de los parques, Axolotl… Y algo de mis primeras lecturas infantiles, de Maupassant y de Poe (traducido por Cortázar aunque yo entonces no lo sabía), regresaba con ellos. Lo extraordinario se instalaba en lo cotidiano y todo era posible: vomitar conejitos, cruzarte con tu alter ego en un puente de Budapest, amanecer junto a una tribu azteca rodeado de llamas o ser expulsado de tu casa por una fuerza inexplicable. También leí sus cartas y sus entrevistas y todos los estudios sobre el autor y su obra que cayeron en mis manos. Y hasta llegó un día en el que se me dio la oportunidad de poder cruzar unas palabras con Aurora Bernárdez, a la que tantas veces había visto en fotografías junto al gran cronopio.
Después pasó la efervescencia de la primera juventud. La pasión con la que devoramos las cosas cuando aún somos demasiado jóvenes. Y Cortázar, al que cada vez vuelvo menos, fue quedándose mudo en la estantería, encerrado en un montón de volúmenes repletos de subrayados, papeles diversos y billetes de metro. Aún sigo recopilando todo tipo de libros que hablan sobre él. Y sigo mostrándoselo a mis alumnos siempre que encuentro una excusa en el temario. Tampoco me resigno a apretar el tubo del dentífrico desde abajo, ni a escribir mis cartas en papel pautado. Le debo a él, quizás, mis ganas de escribir y de estudiar, mi deseo de ver el otro lado de las cosas, mi amor a las casualidades, mi pasión por los juegos del lenguaje.
Tengo tantas imágenes y tantas palabras de Cortázar archivadas en mi retina, que a veces me parece que lo he conocido, que hasta podría opinar sobre dónde estuvo o qué hizo. Hoy cumpliría cien años. Y aunque ni él ni yo creamos en las Hefemérides, no he podido evitar pensar que recordarlo en este blog es una forma de acercar sus libros al lector, o de hacerle sentir, como diría él, una cosquilla de privilegio allá dónde esté, o de traerlo al presente o de seguir jugando con las palabras, perras negras. Pero sobre todo, es una forma de volver a pasar por el corazón (que es recordar) lo que viví a la luz de sus escritos, y que las dos, la vida y sus palabras, florezcan.

sábado, 16 de agosto de 2014

La elección de Lord Jim






“Estamos solos, sin excusas. Es lo que expresaré diciendo que el hombre está condenado a ser libre. Condenado, porque no se ha creado a sí mismo, y, sin embargo, por otro lado, libre, porque una vez arrojado al mundo es responsable de todo lo que hace”
Jean Paul Sartre. El existencialismo es un humanismo.

Este año he vuelto a Rodalquilar. Hace diez años que vine por primera vez y como es lógico, las escenas de las distintas visitas terminan superponiéndose. Me gustan las repeticiones, porque con ellas el tiempo se hace redondo y parece perder su terca cualidad de fugitivo, su huída constante camino del futuro. Volver a los paisajes desiertos, a las piteras, a las palas y a las nubes que acarician las cimas de los montes, a las playas remotas, a los peces, al mar y a las terrazas, a la impunidad del tapeo y de las horas muertas, es una forma de enlazarse a la vida, de salirle a la vida por la tangente del tiempo.

Leer Lord Jim junto al mar, impregnada de salitre y de arena, es también una forma de ensartar en el hilo del tiempo viajes sucesivos. La línea del horizonte evoca lejanías y eternidades. La espuma de las olas cercanas, felices retornelos. El libro, el volumen (una edición de Pre-textos), nos une al devenir lentísimo de las horas estivales, porque ya estuvo aquí, en Rodalquilar, a finales de julio, hace ya muchos años, en unas manos ajenas, pero cercanas. Y aún queda en sus páginas la huella del paso de ese primer lector. Es un libro demasiado voluminoso  para llevar a la playa, pero sus ecos, aligeran el lastre.

Lord Jim también acarrea un lastre. Un lastre que a nadie nos es ajeno pues tiene que ver con la culpa. Alguien a quien lo sucedido en el pasado atormenta de tal manera que le impide vivir. Sólo un lugar donde nadie sepa lo que sucedió puede otorgar al protagonista la salvación momentánea. Un error, una decisión  precitada, un acto ciego y fugaz y minúsculo puede hacer virar el destino del alma humana. Sobre todo cuando el olvido se hace imposible. Así huye Lord Jim de los puertos donde soñó vivir. Así llega a la selva, al corazón de la selva. Y así, tristemente así, el fracaso y la culpa acaban por darle alcance.

Entre tanto, sucede Conrad,  la fuerza de su narración, la precisión de sus adjetivos, las historias intercaladas, los personajes y sus reflexiones, el ambiente del puerto. Sucede una capacidad narrativa excepcional que sabe enlazar anécdotas, sucesos y pensamientos, como si alguien nos estuviera contando esa historia en la cubierta de un barco una noche de verano (demasiado largo, dicen los críticos, para una velada en un barco, pero en eso consiste la literatura). Y si se aguza un poco el oído se pueden hasta escuchar las gaviotas y los motores del barco y la voz grave de un marino que grita: hombre al agua, y el rasgar eólico de las velas, y el olor de la brea. Y el temor de la tempestad incipiente: las nubes bajas, plomizas, el viento que se detiene, el zarpazo del relámpago. 

Porque más allá de las aventuras del protagonista, más allá de la descripción de un lugar en el mundo, Lord Jim nos habla de nuestros propios miedos. Atraviesa las páginas y se convierte en una parte de nosotros. Camina a nuestro lado unos días y luego lo vemos alejarse, siempre con tristeza, envuelto en una nube romántica de ensoñación aventurera. Lord Jim es esas dos caras que viajan a nuestro lado: el hombre que se salva y el que se sacrifica. Tal vez la palabra huida sea el diapasón que afina su paso por el mundo. Huir de esa condena  que consiste en elegir y que siempre nos deja en la boca el gusto amargo de los caminos que hubiéramos podido tomar. El ¿qué hubiera pasado si? 

El drama del protagonista produce desasosiego. El relato de Conrad anula esa tristeza, esa nostalgia. La lectura de la novela nos proporciona un extraño placer. Huir de nosotros mismos. Volver a Rodalquilar desde sus páginas, con ese excedente de felicidad que nos permite adentrarnos impunemente en los laberintos más oscuros del sufrimiento humano. Al fin y al cabo la felicidad es estar fuera de sí. O perdonarse.