nube

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miércoles, 23 de julio de 2014

Antigua luz




“Hay una casa de campo en donde he pasado varios veranos de mi vida. He pensado a veces en aquellos veranos, pero no eran ellos. Había grandes posibilidades de que quedaran muertos para mí. Su resurrección ha dependido, como todas las resurrecciones, de un puro azar.”
Marcel Proust “Contra Sainte-Beuve”

Cuando esta luz radiante que arrasa ahora la vida en el centro feliz de los veranos sea una luz antigua, o más lejos aún, cuando no exista esta luz de este tiempo en mis retinas, ¿qué será de este amor que ahora me viene en limpias oleadas a las manos, de esta torpe alegría que me turba cuando pienso en lo bueno de este instante de intensa plenitud? Me recuesto en la hamaca y dejo caer el libro de Banville en la hierba. Es fresca la mañana todavía y ninguna amenaza se atreve a perturbar la paz en que me hallo, abandonada a la lenta lectura y a la holgazanería de un sábado de julio.
La escena que dibuja mi memoria en la pantalla del párpado tiene todos los ingredientes para ser tópica. Es verano otra vez. Hay un niño en la orilla que está mirando el mar. La espuma de las olas le cae sobre los pies, sobre el aún inestable equilibrio de sus diminutos pies. Y él la mira caer, y deshacerse, y ríe, y chapotea, y busca la mirada de su madre, y luego la del mar, y piensa en adentrarse y no se atreve y se echa para atrás. También en esta escena todo ocurre despacio. Supongo que todo sucede siempre despacio junto al mar. Las voces se mitigan o se funden con el rumor del oleaje. Los pasos se amortiguan. El tiempo avanza perezoso, como envuelto en una sordina. Quizás por eso las estampas de los veranos junto al mar permanecen inmóviles en la cabeza. No hay movimiento en ellas. Esa lentitud, esa molicie, ese extrañamiento frente a lo azul es lo que John Banville, ya en El Mar (Anagrama, 2006) consigue atrapar y retener en sus páginas, como una burbuja de cristal tallada con palabras que contuviera en su interior todas las sensaciones de la infancia  y sus estíos. Como una flor de la memoria abriéndose en nuestra cabeza. Una flor de memoria hecha con recuerdos ajenos y que sin embargo confluyen en el mismo, en esa escueta pero mágica lista de recuerdos comunes ¿Quién, si cierra los ojos un momento y piensa en los veranos, no se ve junto al mar?
Sobre la memoria. Sobre lo caprichoso de la memoria (ése gran viejo tema de la literatura) habla el libro (de Banville) que acabo de dejar caer en la hierba: Antigua luz (Alfaguara, 2012). Y al hilo de sus palabras: el mar. El mar y mis veranos. Hay otros temas quizás: la iniciación al sexo, el amor, la muerte, la otredad, en fin, hay otras excusas. Pero de lo que nos habla, con una prosa bellísima, cercana a la poesía, es de esa Madame Memoria, esa “gran y sutil fingidora”, de cómo reconstruye nuestro pasado con su caprichoso régimen de idas y venidas, con la leve consistencia de las huellas en la arena. “Los pecios que elijo salvar del naufragio general -¿y qué es la vida, sino un naufragio gradual’- a veces asumen un aspecto de inevitabilidad cuando los exhibo en sus vitrinas, pero son azarosos”, dice en la primera página del libro.
Pienso en esa frase. En la trampa narrativa que supone -adoro los juegos metaliterarios-, en Banville hablando a través de Alexander Clave, en cómo los recuerdos van salpicando el relato sin orden aparente. En esa clave final que da sentido narrativo al texto y que justamente es lo único que el protagonista no recordaba. Y mientras eso ocurre, el libro nos impregna con su sensualidad veraniega, con una mezcla de voluptuosidad verbal y epidérmica. Siempre naufraga en las aguas de la memoria un verano mítico pugnando por salir, por ser salvado:
“Puesto que parece que nada de lo creado se destruye, sino que sólo se disgrega y se dispersa, ¿no podría ocurrir lo mismo con la conciencia individual? ¿Adónde va cuando morimos, todo lo que hemos sido? Cuando pienso en aquellos a los que he amado y perdido soy como alguien que vaga entre estatuas sin ojos en un jardín al anochecer. En el aire que me rodea hay un murmullo de ausencias… Esas cosas que había entre nosotros, ésas y una miríada más,  una miríada de miríadas,  son lo que permanece de ella, pero ¿en qué se convertirán cuando yo ya no esté,  yo, que soy el depositario y el único que las conserva?"
Alexander Clave hace la pregunta y Banville la contesta: la única herramienta que nos permite recuperar todo aquello, aquel verano mítico, aquel tiempo perdido, es la escritura.

jueves, 3 de julio de 2014

Patria del desasosiego



Mi patria es ahora una ventana luminosa de ordenador en la que refulge el blanco. Pequeños caracteres van llenando de negro apenas un pequeño porcentaje de la superficie. Lo demás es silencio. Un silencio preñado de sentido que parte de los versos en los que Ana Blandiana celebra su patria A4. Su folio inmaculado.  La patria del desasosiego. “¿Conseguiré alguna vez/ descifrar las huellas que no se ven?” Lo leo y siento el temblor de las palabras que podrían ser dichas, el leve terremoto del pensamiento mientras busca una forma en la que materializarse. El blanco me mira desde la pantalla. Y muy cerca de él, junto al teclado, el blanco roto del libro recién cerrado  (Mi patria A4, Pre-textos, 2014)  se me antoja abierto todavía.
Lo escucho. Habla de poesía. Del torbellino de la poesía cuando busca enunciar lo que es de nadie porque es del pensamiento. De lo que la poesía no dice. De lo que las palabras dejan sin decir. Porque la casa del poeta está llena de puertas. Y de espacios vacíos. Y la suya, la de Ana Blandiana, de ventanas al aire, de agujeros de tiempo donde volcar lo que la razón común nos dice a través de su mano: “ahora me parece que ese alguien se ha instalado fuera de mí y, taciturno y poco comunicativo, ya no se molesta en aclararme nada, sino que, ajeno y apresurado, simplemente toma mi mano y la mueve sobre el papel”. Nada nuevo. La originalidad no está en el tintero de su poesía (“los grandes poetas se asemejan entre sí”). Tan sólo quiere seguir cantando lo que se ha cantado siempre: la vida, la muerte, el amor, la naturaleza y sobre todo, el tiempo: “un personaje transparente/ o sólo una brisa/ que ni siquiera sientes/aunque te roza”.
Decir algo nuevo sobre estos lugares comunes. O más. Decir algo en los intersticios que dejan las palabras al hablar de estos lugares comunes es uno de los puntales mágicos del libro. De ahí que, en una primera lectura, algunos poemas parezcan crípticos, o excesivamente conceptistas. De ahí, quizás, la emoción que nos abre a ellos al comprender, en la relectura, que es de nuestra propia vida de lo que nos está hablando, de aquello que nos pasa, de lo que siempre nos ha pasado, sin necesidad de complejidades retóricas, dobles sentidos u ocultas interpretaciones.
Nace así una poesía luminosa, reticente, evocadora, que parece surgida de la semilla de la celebración y que, sin embargo, está conectada con el más amargo de los presentes. Una poesía a veces social que habla desde la alegría, desde la belleza, nunca desde el panfleto (Blandiana fue una valiente opositora al régimen de Ceaușescu, tal y como nos cuenta en su excelente prólogo Viorica Patea, traductora del libro junto a Antonio Colinas).  Su crítica al progreso se materializa en unos jóvenes que pasan patinando “con los auriculares retumbando en sus oídos/ y los ojos clavados en las pantallas/ sin advertir que las hojas caen/ que los pájaros se van”. Y mientras ellos pasan, ella se queda mirando, contemplando los pequeños matices del mundo desde lo alto de la montaña o la frontera breve que delimita el cambio de las estaciones. Porque hay en sus poemas un contacto onírico, casi místico, con la naturaleza: “En las colinas, el alma/ recobra su aliento/ lo verde le sienta bien”.
Y en medio de ese clima, en esa irrealidad bucólica (“Cuando ando descalza  por la hierba/ la electricidad fluye a través de mí”), en ese espacio libre de las ataduras de la prisa, de los imperativos de la velocidad es donde Ana Blandiana sitúa su reflexión sobre la vida, su intento de responder a las preguntas formulando otras nuevas. Los cerezos abatidos, las iglesias cerradas, “el árbol cuyo nombre desconozco”, la ropa de la madre, las semillas de piedra evocan la vejez, el paso del tiempo, la dificultad de expresarse, la distancia, la incapacidad de entender el mundo, las dudas sobre la génesis del universo. Todo cabe en su poesía porque está llena de espacios en blanco. Porque no explica, sólo señala. Sus poemas son espejos en los que nos reflejamos: nosotros que en realidad no somos “más que restos, formas vacías/ panales de los que se ha escurrido/ la miel de la eternidad”.
Publicado en Artes y letras, el sábado, 28 de junio de 2014 



La patria del desasosiego

Ésta es la patria del desasosiego
A punto de cambiar de opinión
De un momento a otro
Y, no obstante, sin renunciar a esperar algo indefinido.
Ésta es mi patria,
Entre estas paredes,
A unos metros los unos de los otros,
Y ni siquiera en el espacio completo entre ellos,
Sólo en la mesa con papel y lápices
Dispuestos a moverse solos y empezar a escribir,
Esqueletos animados bruscamente por unas plumas más antiguas,
Sin usar desde hace mucho tiempo, con la pasta seca,
Que se deslizan frenéticamente sobre el papel
Sin dejar ninguna huella…
Ésta es la patria del desasosiego:
¿Conseguiré alguna vez
Descifrar las huellas que no se ven.
Pero que sé que existen y esperan
Que las pase a limpio
En mi patria A4?

Ana Blandiana