nube

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martes, 22 de agosto de 2017

Algunas gotas de lluvia


Si eran infinitas las burbujas
que el brazo dibujó cuando nadabas
en la azul superficie de los días
o las motas de polvo que en la tregua
de un domingo infantil
se quedaron flotando por el cuarto;
si eran incontables
las ganas de volver y las de verte
e incontables los granos
que en la arena del mundo disolvieron
la dureza mortal de nuestra espera,
¿por qué nos obstinamos en contar
el caudal de las horas?

Nada sabe la gota en la ventana
de cuántas ni de cómo
habrá de ser su frágil duración.

Sólo brilla un momento en su ignorancia
de gota singular y su destello
inunda la mirada antes de irse:
un instante tan sólo
que cae,
    que se deshace
       que ya es agua.

                                         (Inédito)



Sólo un breve vistazo al número y a la fecha, apenas una somera noticia del día en que vivimos, nos sumerge en el vértigo de la finitud. Mirar la fecha en cada una de estas entradas, tener que ir a buscarla en la entrada anterior (pues cuando vengo a parar aquí ya he olvidado la que puse antes) me causa desasosiego: qué rápido va esto, me digo para mí, si ya ha pasado una semana, un mes, un curso, un año, un siglo… como si siempre fuera tarde para todo. Luego trato de consolarme invirtiendo el enfoque: saber la fecha que es, ser consciente del avance del tiempo me hace aprovecharlo mejor, tratar de vivirlo con mayor intensidad, con más conciencia. Ser consciente del paso de los días me invita a vivir con más intensidad el día que vivo. Todo muy tópico y muy bonito y muy aprendido a base de años de cultura y esfuerzo.
Pero no es cierto. Lo único que me hace vivir el tiempo con más intensidad es olvidarme de él: no consultarlo en la pantalla del móvil, no atender al día de la semana, no tener que citarme con nadie concreto a una hora concreta. Ese momento en el que nos quedamos mirando el entorno sin mirar nada, como si no estuviéramos allí, como si no nos importaran lo más mínimo ni el tiempo, ni su cómputo, ni que esté por venir o que haya pasado. Como hace un instante, cuando he levantado la cabeza del ordenador y me he quedado mirando el infinito como una tonta, sin pensar en nada. 
No sé si ese estado tiene algún nombre concreto, siempre he querido saberlo. Lo que si sé es que lo más parecido a la prolongación de ese estado es el verano, las mañanas eternas de verano con la taza de café todavía en la mesa. O las noches que se alargan sin motivo y una copa de vino o una cerveza que no importa. O las horas de sueño de más. O las siestas interminables sobre la arena. O el salir de casa pensando que vas a un sitio y acabar en otro. O estas horas larguísimas de estar con las palabras: sólo ellas y yo, lentas, morosas, efímeras, desconocidas, como las olas de un mar tranquilo y transparente, como unas gotas leves de lluvia que caen sobre la arena ardiente y luego se evaporan.

lunes, 7 de agosto de 2017

Leyendo a César Simón en la terraza

Pero este ardor del cuerpo
-de este cuerpo presente-
esta revelación de no ser nada
¿no nos revelan algo?
El silencio absoluto
¿no corresponde  a alguna suerte?

Abre de par en par
las puertas que conducen
a las hondas estancias resonantes.
Camina con la fiebre
de la conciencia clara,
con el paso tranquilo
que se interna hacia dentro.
Acaso una ventana
abierta en grueso muro
te depare un jardín
en el hondo silencio de la tarde.

C.S.

Como cada verano estás leyendo a César Simón en la terraza. El rumor de las cigarras ensordece el paisaje, envuelve la lectura en una irrealidad atemporal y cíclica. Es difícil distinguir unos días de otros, unos años de otros. Igual que las cigarras, sus versos forman parte de este tiempo, son parte del verano, pincel y diapasón de un mundo repetido: el jazmín huele más y hace más daño la flecha de su aroma en los largos mediodías de agosto. El jazmín y el verano y los versos de César y los cuartos vacíos y el sol en la pared, todo disuelto, fundido, indistinguible en este devenir, en esta sensación de plácida continuidad.
Pero hoy, sin embargo, al leer otra vez esos versos de siempre, al tratar de insertarte en el útero amable de su ciclo, has sentido algo nuevo y has cerrado el volumen, y te has dicho: cierra el libro, levántate y contempla lo que ocurre, no volverá a ocurrir, no volverá a ocurrir de esta manera. Has leído un poema y el mundo se ha alterado ante tus ojos. El cielo que ahora ves ya no es el mismo, el baile de las hojas de un olivo silvestre que azulea es distinto también y en la resina, un agudo destello se convierte en la viva metáfora del llanto silencioso que te invade. Sabes que no hay nada nuevo en esta reflexión, pero ahora, a la luz de esta imagen te parece tan limpia, tan radiante, como si acabara de ser pensada por primera vez.
Canta intenso el poniente mientras tanto: que ya no volverás a estar aquí, jamás en este instante fugitivo. Vendrán otros, quizás, quizás mejores, más frescos y más ebrios, más intensos. Pero este ya no habrá de repetirse.
Intentas demorarte en esa densidad. Y vuelves a esos versos: El verano es la cumbre de una ausencia



jueves, 27 de julio de 2017

Una iluminación


… Ahora bien, pero es lo cierto
que de hecho nada pasa, sino que eternamente
seguimos condenados todos, cada uno
a ser el que es, y no otro nunca, sino siempre
el mismo, y, por lo tanto, en realidad no somos
innumerablemente iguales, sino todos
el mismo y uno solo, y es la necesaria
voluntad de cada cual de ser el que es, no otro, 
la que hace que las cosas necesariamente
sean lo que son, que sea el Ser el que es y pueda
proclamar con insufrible fanfarronería
“Soy el que soy”...

Agustín García Calvo, Sermón de ser y no ser



Volvía a casa ya. Iba atenta a los coches, a las cosas que haría al regresar: nada veía. La sombra de la bici proyectaba su silueta alargada entre los campos, y yo no la veía. Pasaba, circulaba, hasta que algo muy simple y muy extraño iluminó la escena y todo se volcó.
De pronto yo era todos los que alguna vez fueron en esa coordenada, en esa luz: la madre que habitaba en unas ruinas que antaño fueron casa, el hombre con la hoz segando mieses, la muchacha que canta bajo el árbol, los obreros que hicieron aquel puente.
Y era el ave también, el ave que planea -y aún está planeando- sobre campos de avena,  su tripa en tornasol. Era todas las aves que buscaban sustento en el campo arrasado del verano.
Y era el tren que llegaba, las niñas que jugaron en la tierra, y hasta el perro indefenso que ahora ladra vallado en un rectángulo vacío.
Era el sol que me quema y que doraba los campos infinitos, la luz maravillosa de poniente, el humo de una casa que no existe, el beso clandestino de la amada.
Era aquí y era antes, pues yo era yo también regresando a mi casa por la noche, recogiendo a una amiga en la vieja estación, esperando la hora.
Y también era allí,  en Holanda, y Zimbaue, era yo y era otra la misma que miraba  ponerse el mismo sol. Porque todo era todo de repente.
Nada había cambiado sin embargo: seguían existiendo las penas y las risas, la vaga incertidumbre y el dolor. No se había extinguido la amenaza terrible de la muerte, pero no me importaba.
Vi mis piernas correr entre los campos, acercándose al tren y era todas y todo, sujeto deseante sin deseo, traspasado de luz habitando un presente interminable.

lunes, 17 de julio de 2017

Ordenando papeles


Adolescente fui en días idénticos a nubes,
cosa grácil, visible por penumbra y reflejo,
y extraño es, si ese recuerdo busco,
que tanto, tanto duela sobre el cuerpo de hoy.

Luis Cernuda, Donde habite el olvido

Es una tarde de domingo de 1994. La chica está en su casa con los deberes sin hacer. Han cambiado la hora, y anochece muy rápido, y una nostalgia densa, irrespirable, anida en su habitación, junto al flexo naranja. No ha sido capaz de encontrar una excusa para bajar a la calle. Afuera están las cosas que desea. En su carpeta, fotografías de Kurt Cobain, portadas de los Led Zeppelin, mandalas coloreados con ceras Manley, dibujos a medio hacer y entradas de discoteca. Como el tiempo no pasa de ninguna manera  y en su cuarto vacío apenas pasa nada, decide llenar su soledad escribiendo en un folio todo lo que le ocurre. Es algo, por otra parte, que le pasa bastante a menudo.
Ha leído a algunos autores, pocos; ha sentido vivamente la dentellada del desamor, porque el mordisco del desamor no entiende de edades ni de experiencias; le preocupa lo que ocurre en su entorno y le gustaría hacer algo por cambiarlo. Las ideas bullen en su cabeza. Y ella escribe, y piensa, y mira sus recuerdos, los del escaso tiempo perdido -a sus ojos tan vasto-, sus minutos volados convertidos en fotos y en billetes de metro y en frases garabateadas en servilletas y en rosas disecadas colgadas en la pared.
Al final de la tarde, guardará sus papeles en la carpeta, mezclados con los apuntes del Romanticismo tardío y el cuadro de los pronoms febles. Y es probable que piense que todo aquel caudal de letra impresa es un tesoro. Tal vez imagine a la mujer que unos años más tarde mirará esa carpeta, riendo al encontrar las cuentas de los días, las agendas, los flyers, las revistas…
Hoy ha sido esa tarde: papeles llenos de frases, dibujos que auguran el futuro, la balumba de números, de cuentas y de días, los tachones, las notas, las canciones, las cartas, los listados, los deberes de mi madre, las manualidades. Hay cajas infinitas con pines y con piedras, con folletos de viaje, con periódicos viejos, con apuntes de física, con collares y cuentos y novelas. Y sobres vacíos. Y folios vacíos. Y cartas sin enviar.

Ahora es la mujer quien mira a la muchacha. Frente a ellas: un abismo de fechas y papeles, una pira de nombres nunca dichos, carpetas y carpetas donde seguir guardando las huellas de este miedo, de este miedo vacío, interrogante.

lunes, 10 de julio de 2017

Escribir por la mañana

“… es la mañana lo que nos hace creer. Siempre hay que partir al alba cuando se camina. Para acompañar la salida del sol. Y en  esa hora indecisa, en esa hora azul, se siente como el balbuceo de la presencia. Andar por la mañana significa reconocer la pobreza de nuestra voluntad, en el sentido de que querer es lo contrario de acompañar”
A propósito de Thoreau, Frédéric Gros, Andar una filosofía.

El aire de las cosas aún no hechas se mueve entre las copas de los pinos. Es una brisa fresca y olorosa que despierta a las ramas con su canto de siglos. Es el mismo de todas las mañanas y es siempre distinto. Los pájaros dormidos asisten a este rito, lo cantan, lo celebran en un idioma indescifrable. Todo parece ordenado y limpio, azul clarísimo, casi blanco. Atrás queda el desorden de la noche turbia, de los sueños y las sombras acechantes, atrás queda el silencio de las horas dormidas. Cantar es celebrar que todo empieza de nuevo y que se abre ante nosotros la ilusión de un nuevo principio. Por eso escribo de día.
No es una cuestión de contrarios, sino de contrapuntos. Tras la noche del tiempo lectivo, la luz de los días en blanco; tras el mudo desconcierto de las sombras, la agudeza implacable del sol; tras la quietud, el transcurrir del tiempo.
Suenan los primeros compases en la partitura del día. Efervescencia de trinos en los árboles: música de la mañana. El zureo en cascada de las palomas es la base del tema. El sonido de las teclas de mi ordenador, su percusión. Y el mirlo que se impone como el gran solista.
Escribo por las mañanas porque todo despierta conmigo, también las palabras. Porque quiero cantar a lo que empieza, a lo que no termina, a lo que gira. Escribo por las mañanas porque la luz, por el todavía, porque no encuentro mejor manera de acompasarme al mundo, de acompañar al mundo y desprenderme del yugo de la voluntad, del lastre del deseo. Escribo por las mañanas porque estoy despierta y eso me permite estar atenta a todo lo que pasa.
Después levanto la cabeza del ordenador y miro. Una hoja de níspero ha caído sobre la hierba húmeda. Ha hecho un sonido sordo y seco, como si concluyera el primer acto.

domingo, 28 de mayo de 2017

El alma de los vilanos

“El sueño más cercano, se aleja incumplido”
E.D.


Algunos domingos, mientras mis padres dormían, yo me quedaba despierta en la cama, quieta, en silencio, mirando y fabulando con las cosas que había en aquel cuarto. Aún no sabía (o al menos no lo sabía de una forma consciente) que cuando uno se para o se detiene no sólo el tiempo se adensa, también la percepción se multiplica en un sinfín de planos, que sólo en la inmovilidad se aprecian realidades apenas perceptibles en el movimiento incesante de los días.
Aprendí a detenerme en las horas tempranas de aquellos domingos infantiles y quizá también a ver las cosas de otra forma: la temperatura en aumento de la luz filtrada por los vanos redondos de la persiana, su dibujo de burbujas encendidas flotando en la pared del cuarto, las extrañas siluetas que las cortinas y su estampado de flores adoptaban en el juego de las sombras, las interpretaciones de mi imaginación, los hilos de luz de mis pestañas... Y también el polvo, el polvo en suspensión iluminado, el oro del vacío.
No sé por qué me dio por pensar que aquellas pequeñas motas de polvo que flotaban encima de mi cama, brillando como ingrávidas piedras preciosas delante de mis ojos, no podían ser simplemente eso: motas de polvo. Así que me inventé que eran el alma de los vilanos que regresaba a mi habitación para decirme que todos los deseos que había pedido esa semana (porque en mi colegio era siempre primavera y los vilanos surcaban el patio a toda hora) estaban confirmados y vendrían temprano.
Fueron muchos domingos de fábulas y esperanza, de atenta observación, timoneados por un inexplicable optimismo. Luego el tiempo fue poniendo cada cosa en su lugar. Los deseos prosaicos (ser princesa encantada en un castillo, surcar el cielo a bordo de un blanco caballo alado, encontrar el tesoro de todos los piratas) se quedaron guardados y obsoletos en páginas de libros. Quizás porque sabían los vilanos que el tesoro no eran aquellas tonterías que pedía, sino esta prodigiosa sensación que es simplemente desearlos, traerlos al presente con palabras, el sueño de imaginarlos en la penumbra de algún cuarto, de ser capaz de verlos desde la quietud atenta.
Quizás la imaginación es un desván oscuro y cerrado con un agujero en la puerta por el que llega la luz o un cuarto de Nueva Inglaterra habitado por una mujer que escribe en su mesa vestida de blanco. Pero qué claridad. Y cuánto deslumbramiento.