nube

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domingo, 12 de marzo de 2017

Domingo


    El domingo amanece vacío. No hay nada que amenace con sus exigencias horarias la armonía feliz de esta mañana. No hay prisa por llegar a ningún sitio. No hay tareas pendientes (o al menos no demasiadas). No hay ninguna pulsión, ningún desasosiego, ninguna distracción. Nada. Percibo esta sensación al abrir los ojos, aún en la penumbra de la habitación. Me digo: ¡nada!, y el tiempo se me llena de paisajes y cuerdas, de aromas y peldaños, de sonrisas y dedos, de objetos y de notas, yo que sé, de todo lo posible o por venir. Y también de palabras.
    Una veta de luz alcanza mis pestañas. Y pienso en escribir. En volver a poner, una tras otra, palabras porque sí, en llenar esa nada con renglones. Las letras dejarán su incorpórea verdad e irán trazando su palacio de tinta, su bosque de pequeños claroscuros, su horizonte de acentos. Ellas, que tampoco son nada, serán dentro de un rato mañana en la mañana, aceite sobre el pan, aroma de café, vapor de agua.
    Amanece vacío mi domingo. Vacío pero lleno de palabras. Una extraña alegría sonora, pertinaz, embriagadora inunda mis oídos al compás de su ritmo, al compás de su son y de mis pasos. No hay nada más aquí. El tiempo, una palabra. Palabra, el escritor, el mago que transforma palabras en palomas, el paciente arquitecto que construye su universo intangible de columnas palabras y párrafos dinteles. Vacío era hace un rato este breve recuadro. Ahora las palabras, su prodigio.

sábado, 4 de marzo de 2017

Pedalear

“Según pedalea, el paseante de pronto reconoce esa paradójica euforia, tan física como espiritual, que en ocasiones experimenta mientras sigue cualquier improvisado trayecto. Contempla delante de sí su larga sombra, que el sol de la tarde proyecta sobre el camino. Mira también cómo avanza el minucioso relieve del asfalto bajo el girar constante de las dos ruedas, los sucesivos baches que evita, esas piedrecillas diminutas, y no deja de sentir que su movimiento se sostiene sobre un único punto invariable que jamás cambia de sitio. Marchar en bicicleta le parece el mejor ejemplo de ese extraño devenir sin tiempo en que todo sucede”
Antonio Moreno. No lejos

Hay una nostalgia física, un estremecimiento del cuerpo que difícilmente se podría traducir a palabras: un saber de las piernas, un afán de los pasos, una sed de mirar. Es oler primavera y empezar a pensar en caminos y curvas, en senderos y huertas, en esas tardes lentas del verano en que todo parece demorarse, en esa sombra limpia y alargada de los árboles que guardan y custodian mi paseo. Andar es regresar.
Regresar a un espacio; regresar a unos temas. Quizá nunca me alejo demasiado. Por eso tantas veces me quedo en el silencio, sin escribir, abismada en las vueltas que da mi pensamiento en torno a un mismo tema (salir a la intemperie y descubrir el hilván de los tiempos que me cose a la vida, la alegría infinita de estar en ese instante en ese espacio, la unidad…) mientras gira la rueda de la bici recordando caminos repetidos.
Conozco esos caminos: el lugar de los árboles, la visión que hay detrás de alguna curva, el olor que en verano desprenden las higueras a la altura del kilómetro seis o el hito que nos habla de ese número. A veces el riel de otros ciclistas, la huella de otra rueda nos muestra otro camino o se une a nosotros: subraya con su rastro esa cuerda, esa unión, esa certeza de ser uno con todo. No lejos de nosotros camina otro latido parecido. En este caso un libro de prosas exquisitas que se llama No lejos y que se une al paseo.
La lluvia y el invierno van cambiando algunos derroteros, pero el curso de la vida y la memoria imponen su camino al de las aguas y puedo recordar en qué momento hay que cambiar de plato o cuando debo asirme al manillar con más firmeza. El viejo ritual de regresar a las sendas de siempre. Pedaleo despacio, las piedras y las curvas van trenzando compás y variación mientras yo intento apresar con mis ojos un fragmento de cielo y lejanía. No hay nada más allá. Tan sólo una cadencia repetida de ritmos superpuestos, mi sombra en el rodeno y un ápice de cumbre en la memoria. 
No creo que haya algo más intenso que esta azul plenitud de encontrar en el cauce de los días el caudal que nos mueve y nos hermana, la extraña comunión de compartir esa euforia común, estas ganas de estar y de cantarlo.

jueves, 19 de enero de 2017

Nieve

Como parece que, de momento, no va a volver a nevar en Valencia, aprovecho la oportunísima ocasión para compartir este poema de Mecánica del prodigio (Pre-textos, 2010) dedicado a mi padre, quien hasta hace unas horas albergaba, igual que yo, la ilusión de ver los copos cayendo de nuevo en estas calles. Añado además el curioso detalle que he descubierto gracias a los informativos de ayer: la nevada de la que habla el poema ocurrió en 1983 (por eso yo ni llegaba a la ventana), apenas cuajaron los copos (o al menos eso dicen los periódicos) y no fue un domingo, sino un sábado, pues así consta que fue el 12 de febrero de ese año en todos los calendarios. Otra cosa es el recuerdo.

NIEVE
Sólo nevó una vez.
Era domingo.
Tú llegaste a mi cuarto muy temprano.
Yo corrí hasta el salón.
Mis ojos no alcanzaban la ventana
y tú me levantaste entre tus brazos.

Y mira, me decías, mira el cielo.
¿Ves los copos minúsculos flotando
por el aire, allá al fondo, en los tejados,
cubriendo las aceras y los bancos,
los árboles del parque, las cornisas?
¿Los ves? Es un milagro.
Aquí no nieva nunca.

Y yo miraba atenta, embelesada
lo mismo que miraban tus pupilas,
la ingrávida cadencia de la nieve,
el peso de las nubes.

Después de aquel domingo
he visto muchas veces la tormenta,
el rayo, el aguacero,
he visto otras heladas y otros vientos,
ninguno ha disipado aquel instante,

nunca ha vuelto a nevar sobre esta tierra.

martes, 17 de enero de 2017

Sobre el cultivo de cerezos




Esta noche he soñado que plantaba cerezos. Eran tiernos y leves como hojas de bambú. Yo cuidaba su tierra con esmero y ellos desplegaban su belleza de flores, la potencia futura de su abrazo y su sombra. Después se ha ido borrando con un fundido en blanco.
Esta tarde, mientras trataba de acabar un nuevo poema ha venido el recuerdo de este sueño a sacarme de allí, de la agreste encrucijada de palabras y sílabas en que estaba metida sin remedio ¿Qué extraño vicio es este de sentarse a buscar una palabra -tan sólo una palabra- en medio de las miles que tiene nuestro idioma por ver si así logramos terminar aquel verso? ¿Qué absurda paradoja es este intento de tratar de decir lo máximo en el mínimo, lo indecible en lo dicho, lo inefable en un trozo de papel?
Son tantas las combinaciones, tantas las posibilidades, que a veces cuando trato de escribir es como si tuviera que abandonar mi casa urgentemente y sólo pudiera coger un objeto: un súbito desasosiego me paraliza y tengo que ponerme a hacer otra cosa. 
Ha sido dulce y lógico el sueño de los cerezos, lo que creo que mi inconsciente me quería decir en estos días de andar cerrando páginas y versos: que escribir no ha de ser ese miedo al vacío o esa lucha insistente por hallar la palabra. 
Es más bien como plantar cerezos y esperar a que llegue la primavera.

domingo, 8 de enero de 2017

Andar con las manos en los bolsillos

Holgazaneo e invito a mi alma,
me tumbo y holgazaneo a mi antojo… mientras
observo una brizna de hierba veraniega.

Walt Whitman – Canto a mí mismo

Camino despacio por las calles recién estrenadas de enero. El sol apenas calienta, pero deslumbra. No es demasiado temprano. Sin embargo hay persianas que se levantan, patios recién fregados y rápidos transeúntes que acuden a sus trabajos. Yo acudo a algún recado que me he puesto a mí misma para salir a andar sin propósito alguno: las manos en los bolsillos, la pisada en sordina, los ojos en su deriva de colores y formas.
Cuando era pequeña mi madre siempre me ordenaba que sacase las manos de los bolsillos. Y tampoco arrastres los pies, añadía de vez en cuando. Yo asumía el mandato como una más de esas órdenes adultas (va, espabila, date prisa) con las que nos enseñan a comportarnos, pero no lo entendía. Aún no sabía nada del tiempo y su valor, del prestigio del trabajo, de la necesidad de estar siempre ocupado y del abominable pecado de la holgazanería. Andar con las manos en los bolsillos es andar hacia ninguna parte, sin ningún objetivo honorable, sin ningún destino decente: un flâneur, un bohemio, un diletante, qué vergüenza.
Camino despacio por las calles recién estrenadas de enero con las manos calientes y metidas en mis grandes bolsillos. Me he inventado un motivo para hacerlo (una compra, una visita, consultar algún precio…) porque aún queda en mí ese prejuicio antiguo. Pero es todo mentira. El único motivo es esta luz que salva, este olor y este aire que conectan mi vida con las vidas de otros, ese árbol que crece sigiloso debajo de mi casa o el destello sublime del cristal en la cresta dorada de un antiguo edificio. No hay otra razón: un verso que me viene a la cabeza, la sonrisa de alguien que se cruza conmigo, la sombra de un matrimonio engalanado que camina delante, el breve contraluz de una paloma, un recuadro de cielo inocente y vacío, una vieja azotea dormida en su silencio inexplicable y aquella silla verde que se asoma a un balcón.


lunes, 26 de diciembre de 2016

Mañanas luminosas de diciembre

Tras varios aguaceros, los días luminosos de diciembre amanecen más limpios, más brillantes: el aire recién lavado arrastra en su camino transparente olor a ropa limpia, a lentos desayunos junto a la estufa. Las calles están desiertas, congeladas, ni tristes ni alegres. Nada. Ni coches ni transeúntes. Pueden más el silencio y la quietud. Porque hay algo antiguo en los días festivos del mes de diciembre. Una mezcla de nostalgia y duración, de adiós y permanencia, una nítida conexión con el pasado que viene de la luz, de saber que esta luz estuvo siempre, de saber esta luz de una forma difusa y no verbalizable.
Aunque a ratos lo intento: breves notas a mano en la libreta que siempre llevo encima (…estas luces de mayo: ¿desde cuándo?...); esbozos de poema (¿Hace el frío más nítidos los soles?) o fragmentos de prosa inacabados: ¿Cómo no iba a intentar hacerla mía, evitar que se escape cada vez la blanca sensación que otorga a la mañana esta dureza arcaica, este sol que bendice? ¿Cómo no imaginarse en la continuidad de un ciclo en que la luz es lo que permanece? 
Quizás es que la maleza de los días con sus infinitas obligaciones no nos deja mirar, que bastan unas horas para limpiar la pátina gris que los días rutinarios van depositando en los cristales de la vida. O quizás es que el poeta no puede mirar las cosas sin interpretarlas. Tampoco importa demasiado: la luz que aún entra tímida por mi ventana, en este amanecer lento y callado de diciembre, me ha devuelto a ese instante de íntima conexión, la feliz paradoja de marcharse y volver concentrada en el sol que inunda el patio de manzanas, las ganas de alumbrar con las palabras esta suerte de estar, apenas una hebra en el ovillo infinito del tiempo: aquí, ahora, sorteando las sombras, rodeada de luz.



sábado, 17 de diciembre de 2016

De los géneros



















“El primer paso para orientarse o para cambiar una situación consiste en comprenderla y, consecuentemente, el más esclavo de todos los hombres siempre es el que ni tan siquiera sabe que lo es” 

Josep María Esquirol, El respeto o la mirada atenta

Nunca fui partidaria de las cajas cerradas, de los límites férreos, de esa absurda costumbre de clasificar y diseccionar la realidad para poder estudiarla. Más bien amiga de lo abierto y lo mestizo, de lo inexplicable, de lo mágico: del mar, de las canciones, de las risas inesperadas y de los amigos que no tienen nombre.
Ahora, con las redes sociales y la profusión de la corriente informativa constante, todo parece moverse en ese lado de las cosas: todo mezclado, confuso, libre en apariencia, sumergido en orgiástica y benéfica armonía. Las líneas que dividen, las fronteras, se han ido disolviendo. Las cosas que vivían cautivas en un bloque se han mudado a otro sitio y van y vienen. No habitan en su caja cerrada y separada: las cosas ahora habitan en el tránsito que enlaza esos cajones.
La idea parece interesante, enriquecedora y creativa, digna de aplauso ¡bien!, la señora que se quita el corsé y siente que respira: una bocanada de oxígeno con el que oxigenar lo arcaico y lo caduco.
Al fin y al cabo, también la poesía está en la prosa. El mismísimo Aristóteles lo suscribiría. La prosa, en la poesía. Pero ahora navegamos en aguas más procelosas: un grafiti es un poema que es un tuit y un aforismo, pero también un cómic (porque lleva imágenes) y el cómic también es una novela, y así hasta el infinito.
Un tema complicado, porque unas mínimas normas que respetar, unos límites en los que mecerse, unas pautas o un nombre que poner a las cosas evitaría la ceremonia de confusión en la que habitamos. Sin embargo, del otro lado, habría que decir que unas cadenas demasiado severas, evitarían la originalidad y la frescura de algunos nuevos géneros, aunque originalidad y frescura suenen a campaña navideña de perfumes caros.
¿No será que en su afán por devorarlo todo la máquina del capital está devorando también los géneros? ¿Debe la literatura agachar la cabeza y someterse a sus leyes y a su necesidad de que todo sea efímero para que así podamos seguir gastando y alimentando al monstruo del dinero? ¿No se esconde tras la actitud moderna y renovadora de los que quieren romper los límites, una actitud de sumisión mayor a las normas del Gran Capitalismo disfrazado con pieles de cordero?
La poesía en las redes, en las fotos de Instagram, en los perfiles de Twiter, en los blogs ultramodernos, en las webs superhipsters está muy bien porque acerca la poesía a todo el mundo y te hace sentir popular. La poesía y la manera de consumir que el capital nos manda: todo rápido, y fácil, y sobre todo, perecedero. Lo importante, no lo olvidemos, es seguir produciendo y consumiendo. Dicho a la manera de Ferlosio: mientras no cambien los dioses, nada habrá cambiado.