nube

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miércoles, 6 de diciembre de 2017

Luz de noviembre en tres tiempos



I
La luz que lava el frío de noviembre me sorprende en el tren de camino a Madrid. Es la luz insolente que corona y divide, que desnuda y delata y nos desvela que el mundo es esta clara aureola de tiempo donde bulle el minuto de luz en el que ardemos, un segundo de luz antes que el tren con su denso silencio y sus ventanas se interne en aquel túnel y nos anuncie su final de trayecto.

II
Es la luz evidencia o la luz bisturí, la que afila sus vértices en el frío invisible de noviembre. Podría distinguirla en cualquier sitio, y casi a cualquier hora. Es la luz que en los días laborables ilumina los parques donde aquellos ancianos alimentan palomas, es la misma que llena de esperanza y de fe al caminante que partiera en el alba y que a estas horas corona ya la cumbre, la misma que en los ojos espejo de la niña, la del iris tan negro, se refleja sin nombre y traza sombras de dragones y estrellas en las blancas paredes de su cuna.

III
Algunos domingos por la tarde nos íbamos a la caseta abandonada que estaba junto a las vías del tren. Le llamábamos ‘El paraíso’. Desde allí, desde aquella periferia de la periferia urbana, veíamos pasar trenes mientras el sol caía detrás de nuestras cabezas. Era siempre noviembre. Nos gustaban las grúas, el cuento que inventaba las vidas de la gente que vendría a vivir a aquellas casas o el hilo de esas otras que latían detrás de las ventanas que se iban encendiendo contra el muro con el paso del tren ¿De dónde volvería aquella chica? ¿Qué vida le esperaba al otro lado? ¿Quién era aquel señor que contemplaba con gesto estupefacto nuestro barrio?
Hoy soy yo la que pasa, la que mira el lugar desde la ventanilla, la que vuelve de un sitio, la que mira con ojos encendidos nuestro barrio: ya no está la caseta, ni hay jóvenes sentados en los bancos, ni late en mis rodillas esa intensa emoción que consistía en correr muy deprisa al lado de los trenes con los brazos abiertos como aviones. Sólo la luz persiste. La luz y su recuerdo. Ahora ya la veo desde el tren.





domingo, 12 de noviembre de 2017

La misma luz

Entrado ya noviembre, con el silencio del invierno sobrevolando la casa, me he quedado mirando la luz que entra en la cocina, la luz quieta, incisiva, que va tomando el banco, liberando las cosas de su sombra, poniendo unas manzanas en el plato, dibujando la leve silueta de una rama de menta sumergida en un búcaro, encendiendo la flor que me brinda la antigua buganvilla detrás de los cristales. La luz, la misma luz. Es ella la que habita mi casa cuando yo no estoy, la misma que una vez encendió el día a día de otras vidas, la misma que sacaba de la nada partículas de polvo flotando en las estancias con su interrogación vacía.
Siempre he pensado que las casas tienen vibraciones, que la energía de la gente que las habitó se queda flotando por la alcobas. Por eso decidí quedarme en esta, para conservar los recuerdos que habitan en ella, los recuerdos, los fantasmas y la luz sobre estas paredes, la luz indestructible que enciende los veranos de mi infancia.
Decía Julio Cortázar que uno se explica los fantasmas por el deseo de volver a las casas que habitamos. Yo también. ¿Cómo no regresar del más allá para asistir otra vez al milagro de la luz sobre las cosas? ¿Cómo no percibir en las casas la historia de los pasos que se dieron en ella: qué platos se rompieron, qué grifo goteó en medio de la noche, que pájaro quedó atrapado entre la persiana y el cristal una tarde de invierno, cuántos troncos ardieron en la chimenea o quién hizo el amor en esa cama. Por eso permanezco.
El olor de los jazmines, el eco de las risas y la loza en las cenas de verano, el crujido de la avena seca, el brillo de la luz sobre la puerta de pino, son más hogar que cualquier casa. No sólo lo que se ve, sino lo que en cada recoveco de estos cuartos, reaparece adherido a una experiencia. Volver no es regresar a un lugar concreto, sino respirar un aire, dejarse bañar por una luz que conocemos y que nos cambia, la que seguirá regresando a encender el zócalo de la cocina cuando yo ya no esté para observarla. La luz, la misma luz, mirad, miradla.

miércoles, 25 de octubre de 2017

El arte de preguntar

Uno nunca es consciente de la cantidad de preguntas por minuto que puede llegar a generar una clase de primero de la ESO. Lo preguntan todo, desde el tipo de papel (pautado, a rayas, con dos líneas, cuadro grande, pequeño, etc.) que debe tener su cuaderno, hasta la edad a la que empezaste a ir en bicicleta, la hora a la que se sale al recreo o el nombre de tu animal favorito. Por lo general, ninguna de las preguntas está relacionada con lo que estás explicando. O lo está, pero de una forma tangencial o ilógica. Probablemente porque mientras tú hablas ellos están ocupados formulando la pregunta o volando en una nave a años luz de tus palabras. De ahí que formulen la misma pregunta dos veces seguidas o que cuando sea su turno hayan olvidado lo que querían preguntar. Cualquiera que haya tenido niños cerca sabe a lo que me refiero.
El caso es que uno nunca está contento con lo que tiene, porque a mí siempre me ha gustado que me hagan preguntas en clase, de verdad, no sólo porque así las clases son más divertidas, sino porque además responden a mi ideal socrático de enseñar dialogando: no hay nada que odie más en la enseñanza secundaria que estar hablando sin parar sin que nadie pregunte nada. No sé, quizás es que hacía demasiados años que no daba clase en primero de la ESO. De repente, estás rodeada de una horda de niños que te miran con los ojos encendidos y que sonríen y que después de leerles dos cosas ya quieren que te quedes con ellos toda la vida y que al finalizar la clase bloquean la puerta de salida para evitar que te escapes y rodean tu mesa con sus manos en alto y sus ojos enormes y sus mochilas pantagruélicas y te tocan y te dan golpes en la espalda y te estiran del vestido y te siguen preguntando una y otra vez, sin tregua, sin piedad, sin ceder ni al cansancio ni al desaliento, todas las cosas que pasan por su minúscula cabeza ¿Cómo cabrá tanta duda en algo tan pequeño?
Por suerte, no todo es pregunta vacua. A veces, algunas pocas veces, sus intervenciones tienen sentido, y casi te descolocan. Como cuando esta mañana uno de los más pequeños, al hilo de una diapositiva sobre la literatura y el paisaje, me ha contado la experiencia estética que había tenido esa mañana esperando el autobús: el primer amanecer del curso, el día devorando a la noche, la extrañeza de la oscuridad diurna, el lento proceso de la luz solar. Era tan bonito, ha dicho, que he tenido que contárselo a mis compañeros de asiento. Eso, eso es la literatura, le he contestado yo con lágrimas en los ojos, contar lo que nos impresiona, lo que nos emociona, lo que nos produce algún sentimiento. Lástima que él ya estuviera pensando en otra cosa… Después, la clase ha seguido con cuestiones mucho más importantes ¿Y ese papel que hay en la pared qué es? ¿Y se puede salir al cuarto de baño si te estás haciendo pis? ¿Qué tenemos que hacer para pedir una taquilla?
Siempre he dicho que ser profesor es acompañar y escuchar. Pero también lo es responder. Enseñarles a preguntar y aprender el arte de responder será uno de mis retos este año. Hoy no he quedado contenta con mis respuestas: les he dicho que mi animal favorito es la jirafa, pero en realidad creo que es el elefante.

jueves, 28 de septiembre de 2017

Cada mañana


Cada mañana piso las hojas amarillas del paseo que me lleva al garaje. Las piso sin pensar en lo que hago, sin apenas saber lo que eso implica: su crujido se funde con el ruido del tráfico temprano y nada pasa pues sigo mi camino convencida de que todo prosigue como siempre.
Algunos transeúntes caminan a mi lado, dibujan cremalleras de vidas que se cruzan con la mía: el niño acompañado de su abuela, la mujer del almuerzo y los tacones, el joven con mochila que acelera su paso al ver pasar a unas muchachas.
Después me subo al coche. Recorro la Gran Vía como siempre, con los ojos aún presos en su nube de sueño mientras miro los ficus que me miran al girar el semáforo, los años tatuados en su tronco. La radio va gimiendo su salmo de noticias pasajeras.
Ya a punto de salir de la ciudad presiento la cojera del clochard que mendiga entre coches cada día, el vaivén de su gorro dando saltos, su acento desdentado, y busco unas monedas para darle. El contacto es muy breve: muchas gracias, princesa, y enseguida se aleja con sus cómicos pasos y su peso.
Tras los últimos plátanos, se acaba la ciudad y el cielo limpio se abre como una fuga. Dentro de cada coche vacila el alma sola de alguien que también acude a su trabajo.
Cada mañana busco la oculta sintonía que nos une, el latido común y sólo obtengo un botín de extrañezas: al lado de mi asiento, junto al bolso y esa rara ilusión de pertenencia a una tribu, a una red, a una familia, contemplo renacer cada mañana  la amarga certidumbre de esta fiera y rotunda lejanía.



viernes, 15 de septiembre de 2017

Empezar IV



Cuando yo iba al instituto el curso empezaba casi en octubre. Entre bienvenidas, presentación de asignaturas y puentes, nos plantábamos prácticamente en noviembre: abrigados con bufandas y gorros, con botas y leotardos, enamorados ya del chico de la última fila o enemistados con el tonto de la clase de al lado. Casi todo el tiempo nos dedicábamos a contemplar el vuelo de las moscas mientras el mundo se detenía a nuestro alrededor. Hoy echo la vista atrás y contemplo ese paréntesis que fue mi vida, esas horas en blanco que fueron muchas veces mis años de educación secundaria, para intentar ver si saqué algún provecho, para contarles a mis alumnos nuevos qué fue lo que aprendí y qué es lo que me gustaría enseñarles este curso.
No recuerdo muy bien las horas concretas pasadas entre aquellas paredes, tan sólo un conjunto de sucesos aislados y un edificio con puertas y árboles donde aprendí a socializarme, a enamorarme y a desenamorarme, a conseguir que la clase comprendiese la importancia de ir a una huelga, a convencer a los profesores de que nos cambiaran la fecha del examen, a elaborar una revista cultural y los artículos que la acompañaban, a crear un grupo de música que nunca debutó, a ser otro en la piel de un personaje encima de un escenario, a ser ese otro también cuando entraba por la puerta de dirección dispuesta a convencer al profe de que yo no había sido. Aprendí que los libros obligatorios siempre saben amargos, pero que los que están prohibidos saben a gloria, que las épocas y los nombres de los reyes o de los autores o de los presidentes no se quedaban en mi cabeza de ninguna manera, pero sí la música de los versos que nos recitaba aquel profesor bajito al que no queríamos mucho y cuyo nombre he olvidado. Aprendí a ayudar a una compañera que lloraba en medio del pasillo porque la habían expulsado injustamente de clase, a escuchar risas en la fila de atrás  y sobreponerme a ellas cuando salía a la pizarra, a escribir poemas contando las historias que me contaban mis amigas para luego regalárselas, a dejar mensajes a mis enemigas en los azulejos del cuarto de baño del segundo piso. Aprendí que con una sonrisa te hacían antes las fotocopias, que si pedía perdón me devolvían esa sonrisa, que la poesía era un refugio en el que resguardarme cuando había bronca o cuando un amor se acababa, que la poesía traía de nuevo a mi rostro esa sonrisa que iba de aquí para allá, la que se me dibujaba cuando el compañero de clase tiraba una bola de papel a la pizarra, la que se me venía cuando ese mismo compañero se giraba para comprobar que yo lo hubiera visto. Aprendí también que no todas las clases son necesarias pero que lo que sí necesitamos es pasar nuestro tiempo con otros. También aprendí el nombre de algunos escritores favoritos, las fechas en las que sucedieron algunos acontecimientos importantes, aprendí palabras divertidas, complejas, extranjeras, aprendí a respetar a los que están a mi lado y a luchar con ellos. Aprendí tantas cosas que temo que se me termine el papel. Ninguna de ellas fue cuantificable, no obtuvo calificación, no me llevó a ser una mujer rica o de éxito. Pero creo que es lo único a lo que puede aspirar la escuela: a enseñar a vivir un poco mejor la vida que nos ha tocado, a sentir curiosidad por las cosas, a reafirmarnos en nuestros gustos, a canalizar nuestras pasiones, a compartir nuestro tiempo. Siempre que empezaba el curso sentía una cosquilla de privilegio en el estómago. Se acababa el verano, pero empezaba una etapa nueva y emocionante. Habría que madrugar, estudiar, hacer deberes, transportar la pesada mochila hasta el instituto, sí, pero a cambio, a cambio se venía una de las mejores épocas de mi vida.
Ahora que empieza el curso, procuro no olvidar todas esas cosas que aprendí, las pienso cuando me pongo delante de sus pupitres, cuando no me atienden en clase, cuando me hacen una pregunta difícil, cuando rompen a llorar porque han tenido que leer un texto delante de todos. Las pienso y las recuerdo, no para enseñárselas a ellos, sino, como ya he escrito alguna vez, para acompañarles mientras ellos las van aprendiendo.

viernes, 1 de septiembre de 2017

Septiembre

Asiste al cielo ingrávido que troca su color encendido hacia la noche, contempla el orear de las agujas de los pinos y el aire, la veloz transición de cada nube: es septiembre otra vez y todo gira de nuevo sobre el centro de tu esfera.
No cierres las ventanas. Abrígate y contempla cómo el verde se muda en fluorescencias amarillas, cómo encienden las cosas su cima en plenitud, como queriendo alcanzar en su altura los últimos retales de este día.
Quédate en la terraza. Asume que este instante de carnal realidad en el que habitas es obra de tu mano. Y deja que te empape, que te llene de vida con los últimos delirios de un sol que es sol de agosto todavía, de un agosto que brilla más si cabe porque ya se termina.
Extiende tu presente, amarillea tu cresta hacia la luz, tu deseo más alto, tu más cielo, hacia el último sol y reverbera.




martes, 22 de agosto de 2017

Algunas gotas de lluvia


Si eran infinitas las burbujas
que el brazo dibujó cuando nadabas
en la azul superficie de los días
o las motas de polvo que en la tregua
de un domingo infantil
se quedaron flotando por el cuarto;
si eran incontables
las ganas de volver y las de verte
e incontables los granos
que en la arena del mundo disolvieron
la dureza mortal de nuestra espera,
¿por qué nos obstinamos en contar
el caudal de las horas?

Nada sabe la gota en la ventana
de cuántas ni de cómo
habrá de ser su frágil duración.

Sólo brilla un momento en su ignorancia
de gota singular y su destello
inunda la mirada antes de irse:
un instante tan sólo
que cae,
    que se deshace
       que ya es agua.

                                         (Inédito)



Sólo un breve vistazo al número y a la fecha, apenas una somera noticia del día en que vivimos, nos sumerge en el vértigo de la finitud. Mirar la fecha en cada una de estas entradas, tener que ir a buscarla en la entrada anterior (pues cuando vengo a parar aquí ya he olvidado la que puse antes) me causa desasosiego: qué rápido va esto, me digo para mí, si ya ha pasado una semana, un mes, un curso, un año, un siglo… como si siempre fuera tarde para todo. Luego trato de consolarme invirtiendo el enfoque: saber la fecha que es, ser consciente del avance del tiempo me hace aprovecharlo mejor, tratar de vivirlo con mayor intensidad, con más conciencia. Ser consciente del paso de los días me invita a vivir con más intensidad el día que vivo. Todo muy tópico y muy bonito y muy aprendido a base de años de cultura y esfuerzo.
Pero no es cierto. Lo único que me hace vivir el tiempo con más intensidad es olvidarme de él: no consultarlo en la pantalla del móvil, no atender al día de la semana, no tener que citarme con nadie concreto a una hora concreta. Ese momento en el que nos quedamos mirando el entorno sin mirar nada, como si no estuviéramos allí, como si no nos importaran lo más mínimo ni el tiempo, ni su cómputo, ni que esté por venir o que haya pasado. Como hace un instante, cuando he levantado la cabeza del ordenador y me he quedado mirando el infinito como una tonta, sin pensar en nada. 
No sé si ese estado tiene algún nombre concreto, siempre he querido saberlo. Lo que si sé es que lo más parecido a la prolongación de ese estado es el verano, las mañanas eternas de verano con la taza de café todavía en la mesa. O las noches que se alargan sin motivo y una copa de vino o una cerveza que no importa. O las horas de sueño de más. O las siestas interminables sobre la arena. O el salir de casa pensando que vas a un sitio y acabar en otro. O estas horas larguísimas de estar con las palabras: sólo ellas y yo, lentas, morosas, efímeras, desconocidas, como las olas de un mar tranquilo y transparente, como unas gotas leves de lluvia que caen sobre la arena ardiente y luego se evaporan.